Nos mudamos a Dossier Geopolítico

14 de mayo de 2010

UNASUR



UNASUR convoca a consolidar la Unión



Nuevos vientos soplan en nuestro continente en este siglo XXI, que quizás sea el de “Iberoamérica ahora o nunca”, es la buena nueva, la reciente Cumbre de la UNASUR que eligió como Secretario General a Néstor Kirchner, abre grandes interrogantes, por ello a las tradicionales corrientes económicas políticas del stablisment suramericano que por su formación ideológica y dependencia económica se encolumnaron con la globalización asimétrica, en la cual a America del Sur solo le corresponde el rol de proveedor de materias primas sin elaboración o con escaso valor agregado y de mano de obra barata, para este sector que se autodenomina capitanes de la “economía” Latinoamericana, esta nueva estructura continental, ya sea por su baja capacidad institucional, según ellos, o por que posee un alto grado de autodestrucción no le auguran ningún futuro promisorio y así lo han dejado trascender en los medios masivos de comunicación que controlan.



A este sector “tradicional” se confrontan las nuevas ideas para estos tiempos y que son los que perciben que el UNASUR en formación es la que no solo nos permitirá afianzar nuestra identidad sino que permitirá la creación de un poder que permitirá afianzar y conformar un bloque continental sólido para participar en el nuevo “sistema mundo” que se esta pariendo dolorosamente, donde ya las “verdades” dogmáticas del sistema mundo uno o de un orden mundial basado en la preeminencia de los países integrantes de la triada (EE.UU., UE y Japón) está en crisis y discusión, los acontecimientos de lo que ocurre en Europa hoy en día así lo confirman.



La mentira ya no puede ocultar la gravedad de la crisis de los países llamados centrales y sus corporaciones que intentaron el dominio global después de la disolución del mundo soviético es más que evidente. Mentiras y mas mentiras no pueden contrarrestar la realidad con eufemismos como: “volatilidad de los mercados”, el fin de un ciclo y el comienzo de otro” o “es una crisis pasajera de confianza”, la dura realidad es que esta crisis pasajera dejo millones de personas sin trabajo o con sus ingresos seriamente disminuidos, la salud y educación en retroceso y que prefirió la timba bursátil a la producción genuina, y solo el consumo por el consumo mismo: Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Iberoamérica ya vivió este modelo y lo sufrió en carne propia, las crisis conocidas como el Tequila, o Caispiriña o Tango, fueron las consecuencias de estas políticas denominadas neoliberales que mejor las definiríamos como capitalismo financiero global salvaje. Este mismo “sistema” también recurrió y recurre al expediente de la guerra para mantener sus privilegios, de allí su alta peligrosidad.



Contra este escenario America del Sur intenta con grandes dificultades enfrentar al nuevo orden mundial que se avecina y una de las herramientas es la consolidación de estructuras de integración regional y continental, que podríamos haciendo un ejercicio de simplismo político identificarlos con la lucha de America contra las 4M: contra la extracción sin control de nuestras Materia Primas, contra la explotación de la Mano de Obra barata a la que se nos condeno, por el control de los Medios de Comunicación con los cuales se nos impuso dogmas y por ultimo eliminar la posibilidad de la Militarización de nuestro continente con argumentos de seudo luchas contra terrorista o narcos que son funcionales al sistema del capitalismo financiero salvaje.



Hemos recorrido un largo camino desde la balcanización que nos fue impuesta por la potencia hegemónica del siglo XIX la Gran Bretaña (división internacional del trabajo) hace 200 años, que impidió junto a su ex colonia los Estados Unidos de Norteamérica la integración, haciendo fracasar el Congreso Anfictiónico convocado por Simón Bolívar, y luego en los años 50 la idea de una unión del Cono Sur, entre Argentina, Brasil y Chile (el Tratado del ABC), que impulsara el Presidente Juan D. Perón. Cuya originalidad la debemos buscar en la historia Argentina, en el Libertador, o con Carlos Calvo y la doctrina Drago, con Roque Sáenz Peña y su rechazo a la doctrina Monroe, con Hipólito Yrigoyen y su repudio a la invasión yanqui a la República Dominicana. Por eso somos distintos y originales, y como expresara el Presidente de Bolivia en la ultima reunión de UNASUR:"A diferencia de los países europeos que debieron construir una unidad que llevó siglos de las batallas más cruentas que tenga memoria el mundo, las naciones sudamericanas debieron volver sobre los pasos de aquellos que soñaron el gran sueño latinoamericano. El camino es de reconstrucción.” Y también como bien lo describe el Filosofo Alberto Buela, la historia iberoamericana es la afirmación de que: los criollos bajo la firma de gauchos, huasos, cholos, montuvios, jíbaros, ladinos, gaúchos, borinqueños, charros o llaneros somos lo mejor, el producto más original que dio América al mundo. Ya lo decía Bolívar sobre él mismo: ni tan español ni tan indio.



Estos nuevos vientos nos están planteando desafíos enormes y grandes peligros a enfrentar, la unidad de Suramérica no será fácil, su conformación como grupo geopolítico afecta a muchos intereses establecidos, pero ver la calidad y cantidad de jefes de estado que se reunieron recientemente y las decisiones adoptadas demuestran un camino firme en esa dirección: apoyar al Paraguayo Lugo contra los terroristas en su país, no permitir que la Hondura antidemocrática este en la misma mesa de los iberoamericanos con la UE, repudiar las leyes discriminatorias contra americanos que aplican los estadounidenses, o crear los lineamientos de una nueva estrategia energética suramericana, son de trascendental importancia junto con los 31 puntos resueltos por la UNASUR en la Ciudad de Campana, Argentina este mes. Que se cerró con la elección del Primer Secretario General del organismo en la figura del ex Presidente Argentino Néstor Kirchner, que todos esperamos que se desempeñe dentro de la mejor tradición argentina, la de San Martín, la de Artigas, la de Manuel Ugarte y la de Juan Domingo Perón. Frente a un sistema en crisis, frente a las nuevas relaciones con EE.UU., frente a las relaciones Sur-Sur, o con el bloque Ruso-Chino, la India y las bases militares extranjeras en nuestro continente. Tenemos un largo camino para recorrer pero es nuestro camino.



Lic. Carlos A. Pereyra Mele


Fondo de la Cultura Estratégica, Rusia



Fuentes:


Sitio Oficial del UNASUR:


http://www.pptunasur.com/contenidos.php?id=1073&tipo=2&idiom=1#



12 de mayo de 2010

El Camino al Infierno empedrado por las buenas intenciones II



Breve sobre indios e indigenistas



Alberto Buela(*)



Ya empezamos mal hablando de indios cuando lo políticamente correcto es hablar de aborígenes, término que viene del sufijo latino ab que indica procedencia, más el sustantivo origo-inis que significa origen, nacimiento. Cuando decimos aborigen nos queremos referir a alguien originario del suelo donde vive.



Aparece aquí la primera contradicción: los indigenistas que se auto titulan con un término del latín como aborigen, en lugar del indio que es mucho más genuino y originario. Nació de un error de Colón.



Ahora bien en el caso de los aborígenes de la Patagonia y de la Pampa argentina no son originarios para nada, eso no es cierto, es una falsedad de toda falsedad. Los que hoy se denominan mapuches son un cuento, son un bluff, lo decimos en inglés porque la oficina política de estos “indios” está en Londres. Ellos llegan a La Pampa a partir de 1770 y eran pehuenches de Ranquil (hoy Chile) y se instalan en pleno cladenar (montes del Caldén) de la Pampa central, llamada también Mamil Mapu (país del monte). Vemos como estos indios son menos originarios que los criollos viejos de la Pampa. Y en la Patagonia, cuando invadieron por esa misma época, mataron a los tehuelches sus verdaderos habitantes originarios.


Sobre este tema se puede consultar el excelente artículo de Fredy Carbano Julio Argentino Roca y la gran mentira mapuche que está en Internet.



Es sabido que hoy día uno de los temas y asuntos más aprovechados políticamente por el progresismo, tanto de izquierda como liberal, es el del indigenismo.



No existe prácticamente ningún gobernante- nacional o provincial- de Nuestra América que no cante loas al mundo precolombino, a los indios, a los autóctonos, a los pueblos originarios.



Ni que decir de los militantes políticos del progresismo y los intelectuales del pensamiento único, el tema está comprado en bloque. Es como si una voz de orden venida del imperialismo yanqui dijera: “Así como para nosotros el único indio que vale es el indio muerto, para Uds. lo único valioso es: que todos sean o se declaren indios”.



Para apoyar este principio de dominación política y cultural nos han vendido, y nuestra intelligensia ha comparado, la teoría del multiculturalismo que hace pedazos la poca unidad nacional que hemos logrado luego de 500 años de existencia. Esta teoría ruin se expresa en el apotegma: la minorías tienen derechos por el sólo hecho de ser minorías, tenga o no algún valor lo suyo.



¿Y la voluntad de las mayorías? Sólo sirve para convalidar en el momento de votar a la élite ilustrada que gobernará para las minorías, llámense grupos concentrados de la economía (Etztain, Grobocopatel, Mildin, Werthein), de la cultura (gays, lesbianas, bisexuales, homosexuales), de la farándula mediática (Leuco, Eliaschev, Sofovich, Gelblung), del pensamiento (Feimann, Forster, Kovadlof, Abraham). Gringos de la peor laya que viven esquilmando a nuestros pueblos bajo la mascarada democrática de servirlos.


Y así como es políticamente correcto criticar a los fumadores y a los cazadores de ciervos, por el contrario, es políticamente incorrecto criticar a cualquiera de las mil variantes del indigenismo americano.



La crítica al indigenismo inmediatamente nos demoniza, porque el indigenismo es un mecanismo más de dominación del imperialismo y como tal funciona. Su verborrea criminaliza a quien se opone. Su lenguaje busca despertar sentimientos primarios a dos puntas: se presentan como víctimas y criminalizan a quienes se le oponen o ponen simplemente reparos.



Lo grave del indigenismo es que en nombre de las falsas razones de origen que dan ellos, nos quitan, al menos a los criollos americanos, nuestro lugar de origen. Y nosotros los criollos bajo la firma de gauchos, huasos, cholos, montuvios, jíbaros, ladinos, gaúchos, borinqueños, charros o llaneros somos lo mejor, el producto más original que dio América al mundo. Ya lo decía Bolivar sobre él mismo: ni tan español ni tan indio.



Es este mundo criollo que dio el barroco americano y que peleó por la independencia y libertad de nuestros pueblos. Este mundo criollo que tuvo sus mejores frutos intelectuales en la universidad de Chuquisaca, llamada La Plata, Charcas y hoy Sucre. ¿O por qué se piensan que Bolivia, así pobre y desmantelada como la vemos, ha sido la que mayor cantidad de pensadores nacionales hispanoamericanos ha dado en el siglo XX? Porque funciona sobre una matriz de pensamiento que tiene medio milenio.



Hace unos días escribió Solíz Rada desde Bolivia un brillante artículo El canciller y las hormigas, donde el canciller de su país afirma: “para nosotros los indios están primero las mariposas y las hormigas y en último lugar está el hombre. A lo que comenta Solíz: Lo inaceptable es separar la preservación de la Madre Tierra de la defensa del género humano. Recuérdese que los nazis también pensaban que judíos y gitanos valían menos que hormigas y bacterias.” Lo postulado por su canciller viene a coincidir con los planes de John Rokeffeller III de control de la natalidad de los países del tercer mundo.



El historiador y amigo chileno Pedro Godoy nos dice: “Chile no escapa del plan desmembrador. Modas primermundistas nos contaminan: tatuajes, grafitis, piercing, swingers, punkies… Ahora adquiere fuerza otra: los indigenistas bajo el grito “cada etnia una nación” ¡Inquietante!. Los asesores rubios de esta campaña motorizan, hoy como ayer, la leyenda negra. Aportan así a acentuar nuestra crisis de identidad”



La instrumentación política que está detrás del indigenismo la hace notar muy bien Félix Rodríguez Trelles cuando afirma: “Los mal llamados "originarios" son el brazo de la quinta columna interior. El experimento imperial ha logrado un éxito notable al controlar Bolivia con el cocalero manejado desde atrás por García Linera (el Cohn-Bendit boliviano), y acechan con fuerza en Ecuador (no es casual que a Correa los "originarios" lo ataquen cuando repudia la deuda externa)” (cfr. En Internet su artículo Los pueblos originarios: una operación de pinzas).



Tanto Andrés Solíz Rada como Pedro Godoy, dos hombres de la izquierda nacional suramericana, como Trilles, un hombre del peronismo más genuino, quieren poner el acento y alertarnos sobre la existencia y primacía de la identidad de la comunidad política de origen (aquélla que nos da el Estado-nación al que pertenecemos) y una identidad adquirida o secundaria que es la que cada uno puede darse o crearse por estudio o convicciones (comunidad mapuche, gaucha, alemana, judía o árabe).



Y así todo suma y sigue, y podríamos poner mil ejemplos.



De este indigenismo se desprende la primera mentira mayúscula: la matanza de indios que realizaron los españoles fue de 120 millones según Escarrá Malavé, presidente de la comisión de relaciones exteriores del Congreso de Venezuela, de ahí que Chávez hable equivocadamente de “holocausto aborigen”. De 70 millones, según el sociólogo brasileño Darcy Ribeiro y así siguen los números más inverosímiles. Pero estas cifras son sólo suposiciones artificiosas teñidas por el odio a España y lo español producto de la “leyenda negra” creada por las oficinas políticas de Holanda e Inglaterra.



El filósofo e historiador mejicano José Vasconcelos, nada hispanista, hace constar en su Breve historia de México que no había más de seis millones de indios en todo el norte de América, tesis que años después convalidarían las investigaciones del antropólogo W. Denevan. Mientras que don Angel Rosemblat, profesor de historia de América colonial y nada sospechoso de prohispanismo, estimó una población a la llegada de Colón de trece millones y medio para toda América. La que disminuyó en gran parte no por las matanzas, que ciertamente las hubo, sobre todo en los primeros treinta años de la conquista, pero ni por asomo con la magnitud que se les otorga, sino por las epidemias que los españoles trajeron: gripe, viruela, sífilis, etc.



Angel Rosemblat nació en Polonia en 1902 en el seno de una familia judía y llegó a Buenos Aires a los seis años, realizó sus estudios en la Universidad de Buenos Aires, se perfeccionó en Europa y en 1946 se afincó en Venezuela contratado por ese gran pensador venezolano que fue Mariano Picón Salas, y allí murió en 1984. Este filólogo y antropólogo cultural se destacó por su continuado trabajo de treinta años sobre el tema de la población originaria de América a la llegada de Colón y en un libro memorable que tiene muchas ediciones La población de América en 1492. Viejos y nuevos cálculos, FCE, México, 1967.



Afirma Pierre Chaunu, historiador francés y protestante, el mayor revisionista de la Revolución Francesa junto con Francois Furet, escribe: “La leyenda antihispánica en su versión norteamericana (la europea hace hincapié sobre todo en la Inquisición) ha desempeñado el saludable papel de válvula de escape. La pretendida matanza de los indios por parte de los españoles en el siglo XVI encubrió la matanza norteamericana de la frontera Oeste, que tuvo lugar en el siglo XIX. La América protestante logró librarse de este modo de su crimen lanzándolo de nuevo sobre la América católica.



La tenaz y reiterativa acusación de genocidio a los españoles por parte de los indigenistas contrasta con el silencio sobre uno de los episodios más terribles y duraderos, la matanza y explotación de indios y negros por parte de las oligarquías americanas ilustradas luego de la independencia. Así durante casi todo el siglo XIX las oligarquías locales masónicas y liberales bajo régimen de esclavitud hicieron desaparecer pueblos enteros como los charrúas en Uruguay, los mayas en México y varias etnias en el Brasil amazónico.



Nosotros, al no ser antropólogos culturales, sólo conocemos tres trabajos serios sobre el tema en Argentina: a) los de Ernesto Sánchez Ance para el área norte del país. b) el libro del antropólogo Jorge Fernández C., fallecido hace unos años, titulado Historia de los indios ranqueles, Bs.As. Ed. Inst.Nac.Antropología y Pensamiento Americano, 1998, en donde con lujo de detalles desarma el mito de los indios pampas o ranqueles como originarios, sino que llegaron a La Pampa en 1770 corridos de Chile por los españoles y vivieron allí, gracias a la industria sin chimeneas –el malón y el cautivaje - hasta 1879, cuando cae Baigorrita, su último cacique. c) el libro de P. Meinrado Hux: Memorias de un ex cautivo Santiago Avendaño, Bs.As. Ed. Elefante Blanco, 1999. En donde se muestra palmariamente cómo era la tan mentada cultura indígena, con sus sacrificios humanos y el desollar viva a la gente.



Invitamos a los que quieran profundizar, a leer estos trabajos que están al alcance de todos.





(*) alberto.buela@gmail.com


Arkagueta, apendiz constante, mejor que filósofo


11 de mayo de 2010

Claudio Mutti, Imperium. Epifanie dell’idea di impero



Imperium. Epifanie dell’idea di impero
Prefacio de Tiberio Graziani


Prefacio


El imperio es, según la generalidad de los estudiosos de ciencias políticas, y, en particular, de los estudiosos de geopolítica, una construcción política de difícil y compleja definición. Los rasgos del “mayor cuerpo político conocido por el hombre” [1] que en mayor medida impactan al observador son, sin duda, los referentes a las características físicas; en primer lugar, la gran extensión territorial (el gigantismo imperial), la variedad de los climas y la heterogeneidad del paisaje geográfico. Ulteriores signos distintivos que contribuyen a definir la fisonomía del imperio, como unidad geopolítica, son la plurietnicidad, la autosuficiencia económica y un poder político y militar cohesionado.


Los caracteres anteriormente citados, sin embargo, no logran describir plenamente el imperio. De hecho, existen naciones, estados federados o confederaciones de estados que pese a presentar estos mismos elementos, no son un imperio. A tal respecto, Philippe Richardot, en su Les grands Empires. Histoire et géopolitique [2], indica el caso de Brasil, Canadá y de la Unión India, a los que podríamos añadir el de los Estados Unidos de América, de Rusia y, en cierta medida, también el de la Confederación de Estados Independientes. Estos modernos sistemas políticos se extienden sobre amplias superficies, son pluriétnicos, poseen las condiciones para ser económicamente autosuficientes, pero ciertamente no son clasificables en la actualidad como imperios. Sin embargo, comparten con el imperio semejantes problemas estratégicos, en particular, los conectados con la defensa de las fronteras y la disolución de la potencia militar.


Si del plano meramente descriptivo pasamos al más especulativo, analítico, tratando de identificar la dinámica que anima y sostiene esta particular unidad geopolítica, también el modelo hoy académicamente más acreditado, el expresado por las parejas “centro-periferia” y “dominadores-dominados” [3], que Richardot juzga determinista, pero seductor por su fuerza simplificadora, no parece ser apropiado para dar una definición o explicación del imperio. Los casos indicados del ya citado Richardot que hacen ineficaz la aplicación de este modelo, con referencia a la comprensión del imperio, son los clásicos del Imperio de Alejandro Magno, del Imperio romano y del ruso. El Imperio de Alejandro sobrevive a la muerte de su fundador, desplazando su centro al Egipto de los Tolomeos, por tanto, a una región periférica del edificio realizado por el Macedonio; Roma, a partir del siglo III, ya no tiene una sede cierta, sino itinerante. De hecho, como observa Richardot, del año 284 al 305 ya no hay ni centro ni periferia, al ser el imperio descentralizado en cuatro regiones militares. Después, Bizancio, rebautizada en el año 330 Constantinopla, se convierte en la segunda capital del Imperio, hasta transmutarse en 1453, de ciudad periférica del antiguo imperio romano a centro de irradiación del sistema imperial otomano. Otro caso en el que el modelo “centro-periferia” no nos ayuda en la comprensión de la construcción y en el mantenimiento de la ecúmene imperial lo proporciona el imperio ruso, ya se haga remontar su origen a la Rus de Kiev, la capital de la actual Ucrania, que propiamente significa Marca, es decir…periferia, o ya se presente como un resto del antiguo imperio “nómada” de Gengis Khan [4].


El imperio no es, por tanto, definible por su gigantismo territorial, ni por su heterogeneidad étnica y cultural, ni por un centro geográfico definido y su correlativa periferia. La definición de tal entidad geopolítica ha de encontrarse, por tanto, en otro lugar. El término latino imperium expresa el ejercicio de la autoridad de un jefe militar, pero el imperio, como entidad geopolítica concreta, aunque funde, en la generalidad de los casos, su propio poder en la clase militar, no siempre sigue lógicas militares o exclusivamente de fuerza, como sostenía en la primera mitad del siglo XIX Leopold von Ranke (Die Grossen Machte).


Lo que distingue y cualifica al imperio respecto a las otras construcciones políticas, o más precisamente geopolíticas, parece ser, en cambio, la función equilibradora que este tiende a ejercer en el espacio que lo delimita. Toda construcción imperial, de hecho, persigue el objetivo de regular las relaciones entre las naciones, los pueblos y las etnias que la constituyen concretamente, de modo tal que las particularidades y especificidades concretas no se vean comprometidas unas en perjuicio de otras, sino que al contrario sean salvaguardadas y “protegidas”, en particular allí donde las modestas dimensiones o la escasa fuerza militar o económica de una especificidad dada sitúen a la misma en condiciones tales que pueda ser fagocitada y destruida por sus enemigos. El imperio asume tal función en un espacio circunscrito y continuo, y la continuidad espacial es ciertamente uno de sus rasgos distintivos.


La función reguladora asumida por el imperio encuentra su propia razón de ser, además de en la conciencia del común espacio habitado, sobre todo, en la común visión espiritual, aunque distintamente entendida y expresada en las culturas de las diferentes poblaciones del imperio. Todo edificio imperial, de hecho, expresa una unidad espiritual que, aunque transmitida según formas particulares, siempre hace referencia a un único sistema de valores. Por ejemplo, el macedonio Alejandro que se proclama Rey de Reyes y heredero del imperio persa de los Aqueménidas o el Sultán Mehmet II que, recién conquistada Constantinopla, se hace con el título de Qaysar-i-Rum, César romano, dan testimonio de este único sistema de valores del que ahora ellos son los protectores, los garantes y, sobre todo, los continuadores.


Precisamente a tal unidad espiritual, expresada históricamente en la realización de unidades geopolíticas imperiales o en la tendencia a constituirlas, dirigen la atención los ensayos de Claudio Mutti recogidos en Imperium, epifanie dell’idea di impero. Una unidad que las distintas escuelas historiográficas racionalistas han contribuido a ocultar y fragmentar según el reduccionismo, generalmente de raíz iluminista, que las han distinguido. En particular, tal y como es evidenciado en los diferentes ensayos de Mutti, es afirmada la continuidad del mito (o idea) del Imperio en las vicisitudes del espacio eurasiático, continuidad asegurada en la realidad histórica por protagonistas de diversa cultura o etnia y por su explícita voluntad de unificar Oriente y Occidente, es decir, Asia y Europa, casi como si quisieran, con tal afirmación heroica, reivindicar una unidad que el devenir histórico (la entropía o el desorden de la manifestación histórica) había lacerado. Paralelamente a la función reguladora y en conformidad con esta, el Imperio desempeña también otra, que podríamos definir “religiosa” en su significado etimológico y más profundo: la que precisamente consiste en “reunir” dentro del limes de un mismo espacio los componentes, materiales y espirituales, que contribuyen a calificarlo como una unidad geopolítica coherente, armónica y orgánica. Desde esta perspectiva la fase “expansiva” del Imperio, lejos de reducirse a un mero expansionismo territorial, motivado sólo por las preocupaciones materiales ligadas a todo política de poder, reproduce en el plano histórico una necesidad de orden metafísico, doctrinal, es decir, la reabsorción en un orden superior, en este caso generalmente supranacional, de realidades geopolíticas incompletas, separadas y antagonistas. La realización histórica del edificio imperial es, por tanto, la reproducción, en el dominio político-social, del kosmos por oposición al caos del devenir histórico.


El imperio, por tanto, además de ser “el mayor cuerpo político conocido por el hombre” es, esencialmente, la más alta síntesis geopolítica conocida por toda la humanidad.


La continuidad de la idea del Imperio y la subyacente unidad espiritual, que Mutti subraya con escrupulosidad científica, bien sea tratando la función histórica y metahistórica de figuras imperiales como las del Emperador Juliano, Federico “el Sultán Bautizado” o Atila “el Siervo de Dios”, o bien evidenciando el significado político y cultural del Imperio “romano-turco-musulmán”, o bien poniendo de relieve en el lenguaje de Antelami temas y argumentos que, en ámbitos culturales lejanos, reproponen el mismo sistema de valores, refuerzan –en el plano de la historia interpretada como tentativa de realizar unidades imperiales –la hipótesis ya enunciada en el siglo pasado por el tibetólogo Giuseppe Tucci con respecto al descubrimiento de la “unidad espiritual eurasiática”: sintagma que expresa, en parte, lo que en términos tradicionales se puede traducir mejor como “unidad esencial de las tradiciones”.


También un etnólogo y antropólogo de escuela sociológica como Marcel Mauss reconocía, por otra parte, y es significativo que quien nos lo recuerde sea un estudioso de geopolítica, el francés François Thual, que “de Corea a Bretaña existe una única historia, la del continente eurasiático” [5]. Esta única historia que se despliega en el paisaje eurasiático es la historia antigua y actual de los esfuerzos imperiales por unificar el continente. Como cierre de un texto [6] que no aparece en esta compilación, que sería su precioso y útil corolario, nuestro autor, a propósito de Alejandro el Bicorne, unificador de Europa y Asia, campeón de la idea imperial y, por tanto, podríamos decir, eurasiatista ante litteram, escribe: “su figura se coloca en el trasfondo del espacio eurasiático, que constituye no sólo el escenario histórico, sino la proyección espacial misma correspondiente a la idea de Imperio”.


Unidad espiritual eurasiática e idea del Imperio están por tanto indisolublemente ligadas, un vínculo que Imperium de Mutti tiene el loable mérito de volver a proponer a nuestra atención, en un momento histórico particular que ve a nuestra patria mayor, Eurasia, agredida por las potencias talasocráticas del otro lado del Océano. Ciertamente este libro no pasará inadvertido.


Tiberio Graziani

Director de la revista “Eurasia”.

direzione@eurasia-rivista.org


www.eurasia-rivista.org



(Traducido del italiano al español por Javier Estrada)


Notas
1. Philippe Richardot, Les grandes empires. Histoire et géopolitique, Ellipses. Edition marketing, París 2003, p.5.
2. Philippe Richardot, op.cit., p. 5 y siguientes.
3. Samir Amin, Lo sviluppo ineguale. Saggio sulle formazioni sociali del capitalismo periferico, Einaudi, Turín 1973.
4. N. S. Trubeckoj, L’eredità di Gengis Khan, SEB 2005, Milano. Véase también del mismo autor, Il problema ucraino, in “Eurasia. Rivista di Studi Geopolitica”, a. II, n. 2, abril-junio de 2005.
5. François Thual, Une entreprise de résistance, prefacio a Pierre Biarnés, Pour l’Empire du monde, Ellipses. Edition marketing, París 2003, p. 7.
6. Claudio Mutti, Ulisse, Alessandro e l’Eurasia, www.eurasia-rivista.org.


Claudio Mutti, L’unità dell’Eurasia






Prefacio de Tiberio Graziani



En los últimos años, al menos desde el tiempo del colapso de la Unión Soviética, se ha asistido a un renovado interés hacia el análisis geopolítico como clave interpretativa para la comprensión de las cambiadas relaciones entre los actores globales y, sobre todo, como auxilio para descifrar nuevos escenarios posibles.



En tal ámbito, Eurasia parece constituir, considerando los numerosos estudios que se ocupan de ella, un campo de investigación privilegiado.



Analistas influyentes como, por ejemplo, el atlantista Brzezinski o los neoeurasiatistas Dugin y Ziuganov están de acuerdo, aunque desde puntos de vista distintos y decididamente antagonistas entre sí, sobre el hecho de que el futuro del planeta se juega en el tablero eurasiático.



A la imparable y larga ofensiva lanzada por los EE.UU. contra la masa continental eurasiática entre 1990 y 2003 (1) parece contraponerse, al menos a partir del ultimo quinquenio, una especie de reacción que se expresa, por ahora, a través de la intensificación de nuevas y profundas colaboraciones estratégicas entre Pekín, Nueva Delhi y Moscú y el continuo refuerzo de la Organización para la Cooperación de Shangai (OCS).



Estos acuerdos parecería que sirven de preludio a una inédita y articulada integración del continente eurasiático que, por evidentes motivos de oportunidad, pasando por encima tanto de las diferencias culturales, religiosas, étnicas, como por encima de las particulares aspiraciones nacionales de las poblaciones que lo habitan, hacen vanas las expectativas de los propagandistas del “choque de civilizaciones”.



La teoría del choque de civilizaciones, como se sabe, fue puesta a punto por Samuel Huntington, el ex consejero de Johnson en la época del conflicto vietnamita. El estudioso americano, en diversos artículos y principalmente en su The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, (New York, Simon & Schuster, 1996), lanzó la hipótesis de que los conflictos entre las varias poblaciones del planeta, y, en particular, entre las que habitan Eurasia, no tendrían su origen principalmente en causas ideológicas o económicas, sino en motivaciones culturales, básicamente religiosas. Para Huntington la política global del siglo XXI estará, por tanto, dominada por el choque de civilizaciones. Esta particular lectura de la historia, es decir, la del carácter irreconciliable de las civilizaciones, ha influido a vastos sectores de la opinión pública occidental y constituye, todavía, una de las referencias constantes de los numerosos think tanks del otro lado del océano especializados en la identificación de las áreas calientes o de inestabilidad de Eurasia.



En realidad, en la historia no se han verificado nunca choques de civilizaciones, sino, más bien, encuentros y contaminaciones entre las distintas culturas. En particular, en Eurasia, en cuyo espacio están presentes la práctica totalidad de las civilizaciones del planeta.



Eurasia, de hecho, todavía antes de ser un concepto útil para el análisis geopolítico y geoestratégico, es, se podría decir, una idea cultural, cuyo carácter unitario es demostrado por su misma historia.



La oposición entre Europa y Asia siempre ha sido una oposición artificial, a menudo fruto de interpretaciones históricas instrumentalizadas, principalmente por los europeos, con fines hegemónicos, por tanto, estrechamente ligada a praxis geopolíticas. Sólo hay que pensar en la época del colonialismo de expoliación y en la superestructura ideológica que lo sustentaba, en el “white man’s burden” (2) del cantor del imperialismo británico, Rudyard Kipling y, sobre todo, en su conocida composición literaria The Ballad of East and West, en la que el escritor y poeta inglés teoriza explícitamente, en el famoso verso East is East, and West is West, and never the twain shall meet, el carácter irreconciliable entre las culturas orientales y occidentales (3).



Pero, si observamos bien, la contraposición “ideológica” entre Europa y Asia, entre Occidente y Oriente, se remonta todavía más atrás, a ciertas tendencias que maduraron en el seno del cristianismo, que exaltando la especificidad de la visión cristiana del mundo consideran las culturas de las poblaciones no europeas no sólo como inciviles, sino también como inferiores.



La presunta separación e incompatibilidad entre las culturas asiáticas y las presentes en la parte occidental de Eurasia, es decir, en la península europea, si examinamos con mayor atención, se ha resuelto siempre en el principio de la polaridad. Ya Polibio, en su Historias, resolvía la oposición entre Oriente y Occidente en el carácter unitario del mundo mediterráneo (4), un concepto que fue retomado y desarrollado brillantemente, algunos siglos más tarde, por el historiador francés Fernand Braudel. Por otra parte, para los antiguos la tierra habitada y conocida era considerada del mismo modo que una casa común (oikouméne ghê). Según el historiador holandés Huizinga “en la historia antigua, en la medida en que nos es conocida, no encontramos nunca a Oriente contrapuesto explícitamente a Occidente [5]. Para el autor de El Otoño de la Edad Media y Homo Ludens, también la civilización islámica ha ignorado la escisión entre Oriente y Occidente, por tanto, entre Asia y Europa [6].



El profundo carácter unitario de las múltiples y policromas civilizaciones eurasiáticas no ha sido nunca puesto en duda, sino que más bien ha sido ratificado y reconfirmado por los descubrimientos arqueológicos, por las investigaciones etnográficas y, en particular, por el estudio comparado de las religiones y de los mitos.



Por tanto, aunque existan análisis e investigaciones específicas sobre la unidad cultural de Eurasia, sin embargo, se debe todavía constatar a tal respecto la ausencia de estudios sistemáticos y orgánicos.



Los trabajos de un Gumilev, como también de un Altheim, sobre la influencia de la cultura mongola o la de los Hunos en el mundo eslavo-ruso y en el nacimiento de los actuales pueblos asiáticos y europeos, o los de un Giuseppe Tucci sobre le mundo tibetano o sobre las culturas de Extremo Oriente y su parentela con el pensamiento antiguo, o los de un Eliade dedicados a la comparación de las religiones y de los mitos, o, todavía, los de un Dumézil o un Benveniste en lo referente a los estudios llamados indoeuropeos, o, finalmente, los de la escuela de los eurasiatistas rusos de los años veinte y treinta del siglo XX, entre los cuales se encuentra ciertamente el lingüista Trubeckoj, constituyen indudablemente las bases metodológicas para emprender tal empresa. A esto se podrían añadir también los resultados y las metodologías adquiridas por los estudiosos de las ciencias llamadas tradicionales, como, por citar sólo algún nombre, Guénon, Coomaraswamy, Schuon, Evola, Burckhardt, Nasr.



Precisamente es en el ámbito del descubrimiento, o mejor, del redescubrimiento del carácter unitario de las culturas eurasiáticas donde encuentran su correcta colocación los ensayos de Claudio Mutti recogidos en L’Unitá dell’Eurasia; sobre todo, además de ofrecer una válida introducción a esta temática –en Italia todavía en vías de definición –estos aportan nuevos elementos de reflexión, útiles no sólo para el desarrollo de tales investigaciones, sino también para la comprensión de importantes nudos históricos de la ecúmene que, para decirlo con Eliade, por otra parte, con razón citado por Mutti, se extiende de Portugal a China y de Escandinavia a Ceilán. La peculiaridad de los estudios aquí presentes reside, a nuestro juicio, en la constante referencia que Mutti presta a las dinámicas geopolíticas del espacio eurasiático; una referencia destinada ciertamente a suscitar una común conciencia geopolítica entre las poblaciones que actualmente habitan la masa eurasiática.



Tiberio Graziani
Director de la revista “Eurasia”.


direzione@eurasia-rivista.org



www.eurasia-rivista.org





(Traducido del italiano al español por Javier Estrada)



Notas:



1. Primera Guerra del Golfo (1990-1991); agresión a Serbia (1999), en el ámbito de la planificada desintegración de la Confederación yugoslava; ocupación de Afganistán (2002); devastación de Irak (2003). A esto hay que añadir también la ampliación de la OTAN en los países de Europa oriental y las llamadas “revoluciones coloradas” como significativos elementos de intromisión por parte de la potencia del otro lado del Atlántico en la que fue la esfera de influencia de la mayor potencia eurasiática del siglo XX, la Unión Soviética.



2. La popular composición de Rudyard Kipling fue publicada con el subtítulo The United States and the Philippine Islands en 1899; este se refería a las guerras de conquista emprendidas por los Estados Unidos con respecto a las Filipinas y otras ex colonias españolas.



3. Para una rápida reflexión sobre la cuestión del concepto de Occidente en relación con la identidad europea, véase en el propio volumen de Mutti el capítulo sobre “La invención de Occidente”.



4. pero bastante antes de Polibio también Heródoto. Escribe al respecto Luciano Canfora “…precisamente a los griegos les corresponde la responsabilidad de haber separado a los ‘Bárbaros’ de los ‘Griegos’. En la primera línea de las Historias de Heródoto, griegos y bárbaros constituyen ya una consolidada polaridad, aunque precisamente Heródoto sea más consciente que otros de hasta qué punto los conceptos fundamentales de los griegos, empezando por las denominaciones de las divinidades (II, 50), venían de lejos”, en Il sarto cinese, nota a Arnold Toynbee, Il mondo e l’Occidente, Sellerio editore, Palermo, 1992, p. 107.



5. Johan Huizinga, Lo scempio del mondo, Bruno Mondadori, Milano, 2004, p.26.



6. Johan Huizinga, op.cit., p. 35 y siguientes.





9 de mayo de 2010

La iglesia en el Siglo XXI



Iglesia y sociedad


La Iglesia y su “Razón” de ser



Por Carlos “Chino” Fernández (*)



El propósito de estas notas, es intentar focalizar y direccionar la mirada de algunos problemas que se plantean en torno de la Iglesia católica en el mundo, en nuestra región y en la Argentina, desde una mirada alternativa a la que plantean los medios de comunicación, preocupados más por vender un escándalo, que por aportar en la comprensión de los procesos sociales, políticos o teológicos, que subyacen en las raíces de los acontecimientos que se desnudan desde una mirada superficial.



Hechos y procesos


Más allá de las denuncias por los casos de pedofilia u homosexualidad de los sacerdotes de la Iglesia católica, existe una realidad ineludible; cual es, la pérdida de poder e influencia de la iglesia católica en el mundo, en la sociedad suramericana, y en la Argentina en particular. Veamos algunos datos que corroboran lo dicho:



Según el CELAM[1], el catolicismo perdió en América Latina, entre el año 1950 y el 2000 un porcentaje importante de fieles. Mientras la población total creció un 77%, los católicos lo hicieron en un 67%, a diferencia de los evangélicos que se han constituido en más del 15% de la población y con perspectivas de un mayor crecimiento.


Pero el problema no es religioso, ya que la población de América Latina y de la Argentina en particular sigue sosteniendo sus inclinación por el catolicismo, lo que ha entrado especialmente en crisis es la relación de la población católica con su iglesia y sus representantes, los curas.



Veamos:


En América Latina mientras la población crecía en un 77% en esos años, la cantidad de sacerdotes lo hizo en un 44%. América Latina, conteniendo el 42,6% de los católicos del mundo, sus sacerdotes alcanzan la suma de 16% del total de sacerdotes existentes; mientras que en Europa con un 25% de creyentes católicos, tienen un 50% de sacerdotes ordenados. Entonces, es más bien un problema clerical que un problema de tipo religioso.



En la Argentina, según una encuesta del CONICET y de cuatro Universidades, el porcentaje de católicos sobre la población total, en los últimos 50 años cayó de un 90,5% de la población, a un 76,5%.


Mientras que el 91% dice creer en Dios, sólo el 23,8% va a misa con frecuencia. Y mientras un 61% dice que se vincula a Dios directamente, solo el 23% lo hace a través de la Iglesia[2].


Este tipo de comportamiento y de imagen es congruente de alguna manera, con el resto de la región.



En otro orden de temas, existen evidencias que en los seminarios de formación para los futuros sacerdotes, han disminuido la cantidad de aspirantes y se han modificado los contenidos disciplinarios y la currícula, acompañando de alguna manera los cambios en los otros campos de nuestra realidad: Sistema educativo formal, instancias de formación para los cuadros de las Fuerzas Armadas, en las estrategias de especialización de la alta gerencia empresarial, etc…



¿Cuáles son las causas de estas transformaciones?


Algunas consideraciones necesarias para entender el problema.



La Iglesia recibió un doble embate: El primero fue con el avance de la modernidad: La centralidad de la razón, el empuje del positivismo, la preponderancia y la prepotencia de sus creaciones institucionales más emblemáticas que se sintetizan en los estados-nacionales como su principal producto. En fin, una manera particular de apropiarse de la naturaleza, de organizar al hombre en sociedad, de ver, analizar y contemplar la realidad. De transformarla…



Posteriormente, viene la época llamada de la post-modernidad, que coincide con la plena hegemonía del capital financiero y con la necesidad que tiene éste, de descomponer todas y cada una de las relaciones sociales e institucionales propias de la época de la modernidad, ya que es la mejor manera de profundizar su propia valorización. Requiere esta época de un nuevo orden social



La Iglesia católica en la modernidad, logra convivir a través de un tratamiento inteligente de la relación dialéctica entre la Fe y Razón. Pero esta época post-moderna, irrumpe fuertemente tensando y afectando seriamente tal relación. Se generalizan entonces, el irracionalismo, el hedonismo, y el relativismo. Avanza la influencia de la cábala, la superstición, la magia y la apariencia; conspirando tanto con el valor positivo de la razón, como con el valor trascendente de la fe cristiana.



La pérdida de la Iglesia Católica de poder e influencia en el mundo responde más que a un problema teológico, que deba ser resuelto por sus obispos, a un problema político que merece analizarse en relación al momento histórico y a la sociedad concreta que se observe.



Carl Schmitt, decía que las categorías de la ciencia política, eran en última instancia desprendimientos de categorías teológicas. Esto es así si consideramos a las ciencias políticas como una creación de la modernidad. Pero el poder, la dominación de unos hombres sobre otros, o como quiera que se les haya llamado antes del nacimiento de era cristiana, son nociones que requieren de un tratamiento racional específico para todos los mortales, y para la Iglesia también.



El perfil de los seminaristas y de los contenidos disciplinarios con los que egresan, y por ende, de la calidad de los obispos, se miden según las etapas históricas. Los actuales obispos son hijos de la era de las finanzas, por más que hayan estado encapsulados leyendo la Biblia o viviendo en el seno del pueblo como los curas de parroquias barriales. Son hijos de esta época de descomposición de relaciones sociales productivas en masa, de descomposición del equilibrio relativo entre la Fe y la Razón.



Para recuperar el lugar de la Iglesia católica-si esto es posible y deseable para algunos-, y de la Fe cristiana, se debe librar una batalla no solo teológica, sino más bien política desde las otras esferas de la sociedad. Invirtiendo de alguna manera la proposición de Schmitt, y pensando que los problemas teológicos por los que libra hoy día, deben ser leídos anteponiendo el problema político fundamental para cada época.


El problema actual está en un déficit muy importante en el proceso de formación de sus cuadros intermedios, en la articulación de la sociedad con la institución madre y en los contenidos disciplinarios de la formación.



No es tanto un problema de comunicación mediática ni de selección de los obispos, ya que esta es esta la última etapa de un largo recorrido. El problema está en la disputa que debe librar la Iglesia en la mediación como campo de batalla política, entre la base social amplia y la superestructura de conducción.[3]





Carlos Chino Fernández


Sociólogo












[1] Consejo Episcopal Latinoamericano: Ver más datos: CL, 16 de mayo de 2007



[2] Ver ampliación: CL, 27 de mayo de 2008



[3] Ver Suplemento Enfoques, La Nación: 18 de abril de 2010

8 de mayo de 2010

Uranio Empobrecido





En el mes de abril, el premio Novel de la Paz y Presidente de USA, el Sr. Barak Hussein Obama convoco en Washington, a una reunió de los países con capacidad tecnológica en energía nuclear del globo, (Cumbre sobre Seguridad Nuclear) para llegar a un acuerdo sobre la “seguridad” de los residuos y armas nucleares y que las mismas no cayeran en manos de “terroristas internacionales”, o de los países identificado por EE.UU. como integrantes del “eje del mal”, que no logren obtener esas capacidades, pero nada se regulo o elimino de la producción de armas de destrucción masivas como son las que uso y usa EE.UU. con gravísimas consecuencias en la raza humana, el siguiente informe aclara sobre la peligrosidad de las mismas y del ocultamiento de las consecuencias de su utilización que realiza la potencia mundial y sus aliados. Ya hubo cuatro guerras nucleares silenciadas (dos en Irak, otra en Afganistán y otra Federación Yugoslava, se han arrojado 800 toneladas uranio empobrecido representan 83 bombas de Hiroshima) CPM





¿Qué es el uranio empobrecido?



ARGOS: MARZO 14 DE 2010…



El uranio empobrecido es un residuo obtenido de la producción del combustible destinado a los reactores nucleares y las bombas atómicas. El material que se utiliza en la industria civil y militar nuclear es el uranio U-235, que es el isótopo que puede ser fisionado.



Como este isótopo se encuentra en muy bajas proporciones en la naturaleza, el mineral de uranio ha de ser enriquecido, es decir, ha de aumentarse industrialmente su proporción de isótopo U-235. Este proceso produce gran cantidad de desechos radiactivos de uranio empobrecido, así denominado porque está compuesto principalmente por el otro isótopo de uranio no fisionable, el U-238 y una mínima proporción del U-235.



Desde 1977 la industria militar norteamericana emplea uranio empobrecido para revestir munición convencional (artillería, tanques y aviones), para proteger sus propios tanques, como contrapeso en aviones y misiles Tomahawk, y como componente de aparatos de navegación.



Ello es debido a que el uranio empobrecido tiene unas características que lo hacen muy atractivo para la tecnología militar: en primer lugar, es extremadamente denso y pesado (1 cm3, pesa casi 19 gramos), de tal manera que los proyectiles con cabeza de uranio empobrecido pueden perforar el acero blindado de vehículos militares y edificios; en segundo lugar, es un material pirofórico espontáneo, es decir, se inflama al alcanzar su objetivo, generando tanto calor que provoca su explosión.



Después de más de 50 años de producción de armas atómicas y de energía nuclear, EEUU tiene almacenadas 500.000 toneladas de uranio empobrecido, según datos oficiales. El uranio empobrecido es también radiactivo y tiene una vida media de 4,5 mil millones de años.



Por ello, estos desechos han de ser almacenados de forma segura durante un período de tiempo indefinido, un procedimiento extremadamente caro. Para ahorrar dinero y vaciar sus depósitos, los Departamentos de Defensa y de Energía ceden gratis el uranio empobrecido a las empresas de armamento nacionales y extranjeras.



Además de EEUU, países como Reino Unido, Francia, Canadá, Rusia, Grecia, Turquía, Israel, las monarquías del Golfo, Taiwan, Corea del Sur, Pakistán o Japón compran o fabrican armas con uranio empobrecido.



Cuando un proyectil impacta contra un objetivo el 70% de su revestimiento de uranio empobrecido arde y se oxida, volatilizándose en micropartículas altamente tóxicas y radiactivas. Estas partículas, al ser tan pequeñas, pueden ser ingeridas o inhaladas tras quedar depositadas en el suelo o al ser transportadas a kilómetros de distancia por el aire, la cadena alimenticia o las aguas.



Un informe técnico de 1995 del Ejército norteamericano señala que "si el uranio empobrecido penetra en el cuerpo tiene la potencialidad de provocar graves consecuencias médicas. El riesgo asociado es tanto químico como radiológico".



Depositados en los pulmones o los riñones, el uranio 238 y los productos de su degradación (torio 234, protactinio y otros isótopos de uranio) emiten radiaciones alfa y beta que provocan muerte celular y mutaciones genéticas causantes, al cabo de los años, de cáncer en los individuos expuestos y de anormalidades genéticas en sus descendientes.



En sus 110.000 ataques aéreos contra Iraq, los aviones A-10 Warthog de EEUU lanzaron 940.000 proyectiles con uranio empobrecido, y en la ofensiva terrestre sus tanques M60, M1 y M1A1 dispararon otros 4.000 proyectiles también revestidos de uranio. Se estima que en la zona hay 300 toneladas métricas de desechos radiactivos, que podrían haber afectado ya a 250.000 iraquíes.



Tras la Guerra del Golfo, investigaciones epidemiológicas iraquíes e internacionales han permitido asociar la contaminación ambiental debida al empleo de este tipo de armas con la aparición de nuevas enfermedades de muy difícil diagnóstico (inmunodeficiencias graves, por ejemplo) y el aumento espectacular de malformaciones congénitas y cáncer, tanto en la población iraquí como entre varios miles de veteranos norteamericanos y británicos y en sus hijos, cuadro clínico conocido como Síndrome de la Guerra del Golfo.



Síntomas similares al de la Guerra del Golfo se han descrito entre un millar de niños residente en áreas de la antigua Yugoslavia donde en 1996 la aviación norteamericana recurrió también a bombas con uranio empobrecido, al igual que durante la intervención de la OTAN contra la Federación Yugoslava de 1999.