Nos mudamos a Dossier Geopolítico

17 de enero de 2011

Geopolítica de América del Sur

Por Alberto Buela (*)





Cada vez que nos invitan a hablar o escribir sobre “América Latina” tenemos que hacer la salvedad respecto de esa forma espuria, universalmente extendida, de designarnos. De modo que planteamos de entrada la cuestión del quid nominis, de cómo debemos denominarnos, cómo debemos ser nombrados y cuál es la forma más adecuada, más genuina, más específica de nombrarnos y ser nombrados.



La expresión “América Latina” nace con Chevallier el canciller de Napoleón III para intervenir militar y políticamente en Iberoamérica en nombre y defensa de la latinité.


Luego son los yanquis, más tarde la Iglesia y por último el marxismo quienes pasan a denominarnos de esa manera.



El uso ideológico del término salta a la vista por evidente, pues el Canadá francés, Guayana y Martinica nunca han sido incorporadas formando parte de “América Latina” cuando le asisten iguales o mejores razones para serlo.



Esto muestra que en el orden internacional en donde la geopolítica, las relaciones internacionales, la estratégica y la metapolítica juegan todas sus fichas no existe ni la buena voluntad ni las ideas neutras, lo que existen son relaciones de poder: de mando y obediencia, de público y privado y de amigo-enemigo. Así pues, desconfiar de las denominaciones ad hoc de las instituciones o espacios internacionales es un principio de salud metodológica de todo investigador que en este orden se precie de tal.


Hoy no se puede entender la geopolítica sin la metapolítica, esto es, la disciplina que estudia las grandes categorías de pensamiento que condicionan la acción política de los gobiernos de turno. Y por eso preferimos la denominación, para nuestro espacio geopolítico de “Iberoamérica”, pues el término designa en forma clara y precisa, la especificidad de la ecúmene cultural a la que pertenecemos los americanos hispano-luso parlantes de toda América y porque el término Iberoamérica involucra, en forma plena y sin dudas, al Brasil.



Hoy, ya comenzando la segunda década del siglo XXI, hablar de “latinidad” es una rémora. Es un universalismo más que como el de “humanidad”, no nos dice nada. Es una categoría geopolítica que funciona como un adormecimiento de la inteligencia, pues pensar a partir de ella es una forma de no pensar.


Así, el realismo político nos obliga a limitarnos y circunscribirnos a América del Sur. En primer lugar porque México tiene firmado y en ejecución el TLC (Tratado de libre comercio) con los Estados Unidos que compromete toda su economía y sus decisiones políticas. En cuanto a América central y el Caribe, salvo la excepción de Cuba, se encuentra enfeudada en su totalidad con la política exterior norteamericana y su dependencia respecto de la potencia talasocrática es casi absoluta. De modo tal, que la única y sola posibilidad de pensar un espacio geopolíticamente verosímil es Suramérica. Y acá nos introducimos en el tema de nuestra ponencia.



Los datos objetivos que poseemos de Suramérica es que constituye un espacio geográfico continuo que abarca 17,8 millones de km2, el doble que Europa y el doble que los Estados Unidos. Tiene una población de aproximadamente 420 millones de personas, que hablan por mitades el castellano y el portugués dos lenguas entendibles, de suyo, entre sí. Diez son las naciones que se la dividen políticamente y cuatro enclaves coloniales (las islas Malvinas y Guyana que forman parte del Commonwealth británico, Surinam de Holanda y Guayana de Francia. Todos juntos no llegan a 1,5 millón de habitantes).


El más poderoso país es Brasil con casi la mitad de los habitantes del subcontinente, que posee la octava economía del mundo con PBI (Producto bruto interno) de 1.600.000 millones de dólares en tanto que Argentina y Venezuela le siguen con 330 mil millones de dólares cada uno.


Posee el 27 % del agua dulce del mundo. Cuenta con el acuífero Guaraní y con 50.000 km. de vías navegables internas que unen las tres cuencas hídricas: Orinoco, Amazonas y el Plata. Su proyección sobre la Antártida abarca todo el cuadrante suramericano que incluye la totalidad de la península.



Interpretación geopolítica



Suramérica constituye una isla continental rodeada por los océanos Pacífico y Antártico que posee 25.432 km. de costas. Es un espacio terráqueo de difícil acceso, que tiene al Amazonas como heartland suramericano, que abarca casi 2 millones de km2 que comparten cuatro países (Brasil, Colombia, Venezuela y Perú).


Este difícil acceso ha obligado a los Estados Unidos a rodearlo de bases militares para poder controlarlo ( Arauca, Larandia y Tres esquinas en Colombia, Iquitos y Nanay en Perú, Mariscal Estigarribia en Paraguay y Curazao (dependencia holandesa) a 50km. de Venezuela.[1]


Como soporte teórico ideológica lanzaron la “teoría de la soberanía limitada del Amazonas” proponiendo un tulelaje internacional, tesis sostenida por la diplomacia sueca. Brasil, Venezuela, Argentina y Bolivia la rechazaron de plano.


Esta característica de impenetrabilidad del heartland suramericano marca toda su historia política desde el descubrimiento de América. Y así, todas sus grandes ciudades (Buenos Aires, Sao Paulo, Río, Valparaíso, Lima, etc.) son portuarias a diferencia de Europa que son mediterráneas. Es que el doblamiento de América del Sur se fue realizando sobre toda la costa de esta gran ínsula. Su marcha ha sido desde la periferia al centro. Centro que aún hoy, en la segunda década del siglo XXI no ha sido ocupado.


Si la tesis de Mackinder (1861-1947) “quien ocupe el heartland detenta el poder” fuera verdad, en el caso de Suramérica nadie lo posee en forma hegemónica, pues nadie tiene plenamente el manejo del Amazonas.



El caso brasilero



Es indudable que Brasil, potencia emergente mundial, tiene como Estado-nación el mayor peso económico de la región como lo denota su PBI con su octavo lugar en la economía del orbe.


Sus últimos movimientos en el orden internacional lo muestran como una futura potencia activa: a) Integra el Bric (Brasil, Rusia, India y China) grupo privilegiado de grandes espacio estaduales.[2] b) el grupo de los cuatro junto con India, Sudáfrica y Alemania reclamando una silla permanente en el Consejo de Seguridad de la Naciones Unidas. c) la Unasur (Unión de naciones del sur) junto con el resto de los países de América del Sur. d) el grupo del G20 con los Estados de mayor producción de riqueza. e) el G5 junto con México, Sudáfrica, China e India grupo de potencias emergentes. f) pacto turco-brasilero de diálogo con Irán, en reemplazo de la teoría de la demonización del gobierno iraní propuesto por USA-Israel.


Militarmente acaba de comprar el primer submarino nuclear a Francia y espera producir ocho submarinos nucleares más, a imitación del francés, en los próximos cinco años. Su presupuesto militar fue de 10.000 millones de dólares en el 2010, similar al de Colombia, contra 3.200 millones del argentino.


Es de destacar como lo han hecho notar los investigadores brasileños (Moniz Bandeira, Guimaraes et alii, que la mayor hipótesis de conflicto que se plantea el poderoso Ejercito de Brasil es con una superpotencia en terreno boscoso (vgr. El Amazonas).



La Suramérica hispana



Conforma el otro 50% de América del Sur y está compuesta por nueve naciones que alcanzan en habitantes, en fuerzas armadas y en PBI al bloque unitario brasilero.


Se destacan en primer lugar el poderío militar colombiano de tierra y chileno de mar. Se ha producido desde la asunción de Hugo Chávez un rearme (sobe todo armamento liviano) de Venezuela, fundamentalmente ruso. Fusiles automáticos para guerra de baja intensidad, aviones y helicópteros. En cambio Argentina desde la derrota de la guerra de Malvinas en 1982 ha adoptado la tesis la inexistencia de conflictos internacionales y la de diplomacia desarmada. En cuanto a Uruguay, Paraguay, Bolivia, Perú, Ecuador carecen de peso específico en la materia.


Chile es el único país de América del Sur que integra el selecto grupo de los veinte primeros países en el IDH (Índice de desarrollo humano) en la estadística de las Naciones Unidas.


Venezuela es uno de los mayores productores de petróleo del mundo y el principal proveedor de refinado en forma de naftas a los Estados Unidos.


En las últimas dos décadas se ha producido en Bolivia, Chile, Perú, Argentina y Ecuador el auge de la minería extractiva a cielo abierto que está produciendo, además del perjuicio económico, cambios y daños terrestres irreparables.



La relación entre los dos bloques



Desde el año 1992 se repiten anualmente las Cumbres Iberoamericanas que realizan conjuntamente con España, Portugal los diez países suramericanos pero cuyos resultados han sido mas bien declamativos que efectivos. No se ha podido superar la teoría de la buena vecindad para poder pasar a la conformación de un grupo de poder mundial homogéneo que comparte, lengua, religión, instituciones, usos y costumbres.


En 1991 se creó el Mercosur (Mercado común del sur) cuyos socios fundadores fueron Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, a los que tiene a Bolivia y Venezuela en proceso de incorporación y a Chile, Colombia y Ecuador como países asociados.


Pero luego de veinte años el Mercosur se ha reducido a una unión aduanera que utilizan, sobre todo, las burguesías comerciales de Sao Paulo y Buenos Aires.


El otro nexo entre los dos bloques, el hispano y el lusitano, es la mencionada Unasur que entrará plenamente en vigencia en enero de 2011 y el Consejo de Defensa suramericano que entrará en vigor este años y cuya sede será Buenos Aires.


Tenemos luego el Banco del Sur, propuesta de Hugo Chávez realizada en 2004, pero nacida muerta pues su capital inicial se fijó en la irrisoria suma de 7.000 millones de dólares, cuando el banco do Brasil tiene activos por 407.000 millones de dólares y el banco Itaú de Sao Paulo por 350.000 millones de dólares.


Existe entre Argentina y Brasil un tratado que obliga a una reunión de ministros cada 45 días y una reunión de presidentes cada tres meses, pero dichas reuniones se encuentran limitadas a equilibrar los términos del intercambio comercial para que ninguna de las dos economías se encuentre perjudicada.



El caso argentino



La que fuera la segunda Armada del mundo en 1890 pasó a no existir, y la que fuera en 1910 la undécima economía del mundo retrocedió al lugar número veinte un siglo después. La estructura de las exportaciones argentinas está bastante equilibrada pues composición es: Combustibles 12%, Industria 31%, Agro 34, Primarios 23. El motor de su economía sigue siendo el agro con sus granos y carnes pero el desarrollo de su industria liviana lo está alcanzando. Lo dañino es que la minería, que no produce ningún desarrollo posterior por ser una actividad meramente extractiva, haya alcanzado en esta última década porcentajes de exportación tal altos.


El segundo aspecto donde se destaca es en el desarrollo nuclear, que es considerado dentro de los estándares mundiales como uno de los más desarrollados. La investigación en este campo se viene realizando en forma continua desde 1950. La producción de reactores nucleares de fabricación propia (Carem) son demandados en todo el mundo: Australia, Argelia, Perú, Egipto, Irán.


La agroindustria y la producción nuclear son los dos rasgos específicos de la producción de riqueza argentina.


Existe finalmente un tercer factor positivo que puede aportar Argentina y que no está contemplado en las estadísticas económicas: el factor humano, que se destaca por su profundidad de análisis, rapidez en la captación y ejecución. Vivaz, creador y logrero. Orgulloso de sí y de su lugar en el mundo, ignora la capitis dininutio respecto de “los otros”.



Prospectiva geopolítica de Suramérica



Afirma Hegel en su Introducción a la filosofía del derecho que el buho de Minverva (símbolo de la filosofía) sale a volar al atardecer, cuando la realidad ya se puso. Ya se escondió el sol. De modo tal que es muy difícil realizar pronósticos desde la filosofía sobre cosas humanas, no obstante lo cual y con este reparo lo vamos a intentar.


Brasil y Argentina son el eje sobre el cual debe girar toda la geopolítica de América del Sur. Esta tiene que tender a la formación de un rombo irregular que una en líneas de poder las capitales de Brasilia, Buenos Aires, Lima, Caracas, Brasilia para proteger el heartland suramericano.


El principio de la integración debe de ser: dado que Brasil tiene cinco veces una economía mayor a la Argentina, los aportes se deben de realizar en esa proporción. La integración es proporcional y no en pie de igualdad. La igualdad es, en este caso, la primera fuente de injusticias.


Brasil y Argentina tienen que crear antes que nada una moneda común (el austral) que otorgue solidez a sus economías respecto al dólar y al euro. Y al mismo tiempo crear una compañía exportadora de granos para evitar el condicionamiento del mercado de Chicago.


Deben de ir a la formación de una fuerza marítima común para el control del mar territorial y el extenso litoral atlántico. Evitar el saqueo que se está produciendo en el Atlántico sur es compartir un espacio de soberanía común. No es un punto de fricción sino un punto de unión. El pacífico sur es controlado por Chile que posee una magnífica y entrenada fuerza naval y complementado por Perú y Colombia.


La navegación de los ríos interiores, la construcción de un gran oleoducto, rutas aéreas directas intercapitales, recuperación de los trenes interiores, habilitación de los canales bioceánicos mixtos, desarrollo tecnológico complementario donde cada Estado aporta lo mejor de su desarrollo.



La construcción de un espacio geopolítico autocentrado es posible y está al alcance de la mano, lo que sucede que su construcción supone la limitación de los poderes mundiales, directos o indirectos, en la zona suramericana.


Y es acá donde surge el problema principal. Pues para crear una nueva geopolítica regional, como para hacer una tortilla, hay que romper algunos huevos. Además la geopolítica para ser tal necesita de un elemento fundamental: el arcano


El arcano entendido como secreto profundo y al mismo tiempo íntimo. Y de esto participan muy pocos. ¿Puede existir un arcano geo o metapolítico entre los Estados que conforman la América del Sur sin que sea penetrado por los servicios de inteligencia del imperialismo? Es una pregunta de difícil respuesta pues si decimos que no, esta meditación no tiene sentido y si afirmamos que sí, podemos caer en el idealismo político que siempre ha sido mal consejero.


Se impone entonces el “realismo político”: aquel que nos permite asumir con un cierto escepticismo los proyectos teóricos, pero no por eso dejarlos de pensar e intentar realizarlos. El realismo político es el que incorpora, trabaja y pone toda su confianza en la racionalidad estratégica para lograr los bienes y satisfacer los intereses de la comunidad o pueblo que mejor despliegue su estrategia. En este caso, esta que proponemos aquí.[3]




(*) filósofo, o mejor arkegueta, eterno comenzante


Universidad Tecnológica Nacional – Buenos Aires – Argentina


Vicepresidente del CEES (Centro de estudios estratégicos suramericanos) de la CGT


alberto.buela@gmail.com


Casilla de correo 3198


(1000) Buenos Aires








[1] El principal especialista en geopolítica suramericana, Carlos Pereyra Mele, nos informa al respecto que “ Manta en Ecuador fue cerrada desde hace más de un año, por ello las nuevas bases de EE.UU en Colombia suman, en realidad, nueve



[2] A este grupo se sumó ahora Sudáfrica, quien junto con Brasil privilegian las relaciones Sur-Sur



[3] Dado que este artículo está escrito especialmente para publicar en Rusia, y tiene limitaciones de espacio, dejamos para otra ocasión comentar las nuevas relaciones de Rusia con América del Sur: Venezuela, Brasil, Bolivia, Ecuador y Argentina.

15 de enero de 2011

Defenestrar a Roca, una moda peligrosa por Enrique lacolla



El progresismo suele adolecer de una manía:


La de dibujar en blanco y negro a personajes y hechos que provienen de una realidad abigarrada y multifacética.







La actualidad argentina contiene estimulantes tendencias a una recuperación de los hechos históricos que hacen a la conformación de una conciencia nacional. La revalorización de la Vuelta de Obligado es un ejemplo, entre varios, en este sentido. No hay duda de que los méritos de los gobiernos Kirchner han sido altos en esta materia. La recuperación del revisionismo histórico está empujando hacia atrás a la historia oficial y esto es muy importante. Una conciencia del pasado fundada en conceptos vinculados a la realidad y no a la fábula en que fueron educadas muchas generaciones de argentinos, es un elemento básico para poner en pie cualquier proyecto de desarrollo y asentarlo sobre bases fuertes y provistas de la consistencia que se requiere para mantener un esfuerzo prolongado en el tiempo.



Pero falta bastante por hacer, y no todas las señales que emergen del espectro cultural que sostiene al gobierno son alentadoras en este sentido. Por ejemplo, hay en auge un progresismo difusamente teñido de un moralismo a la violeta que hace bandera con el tema de los pueblos originarios, extrapolándolo de los elementos de la realidad histórica y reduciéndolo a los contornos de otra fábula, distinta de la oficial, pero a su vez perdida en la niebla del humanismo genérico y de la mitificación del buen salvaje. Quizá como contrapartida del hecho de que muchos de los que la sostienen se identificaron en algún momento con otra estampa de matriz también romántica: la del buen revolucionario.



Hemos dicho en otras oportunidades que generar divisionismos aprovechando los particularismos étnicos es un arma muy bien aprovechada por el imperialismo para perseguir sus propios fines. Provocar falsos problemas y agitar polémicas estériles es una de ellas. El espíritu generoso, predispuesto a inflamarse ante la injusticia, es un atributo nobilísimo de la naturaleza humana, y pocos elementos pueden inducir con mayor eficacia a esta comunión flamígera que el maltrato a los pueblos aborígenes. Sobre todo si se ve el estado de abandono en que algunos gobiernos provinciales dejan a las reservas donde subsisten los pobladores que provienen de esa raíz. Pero no hay que confundir a los árboles con el bosque. Es necesario aproximarse a los datos de nuestra historia armados con una visión panorámica que comprenda los elementos que la integran y juzgue a quienes los protagonizaron en el conjunto de las circunstancias que caracterizaron a su tiempo.



De unos años a esta parte se ha puesto de moda atacar de manera inclemente al general Julio Argentino Roca. La embestida proviene de grupos progresistas que han encontrado su principal inspiración en Osvaldo Bayer, un escritor anarquista que tiene cuentas pendientes con la dictadura que lo exilió y que parecería haber encontrado en la figura de Roca al espécimen ideal para comprimir en él todos los rasgos del régimen criminal que abomina, que lo expulsó del país y que a muchos otros miles de argentinos les arrebató la vida.



Sea o no correcta esta apreciación psicológica, la verdad es que la prédica antirroquista de Bayer ha prendido en mucha gente, en especial entre los jóvenes. Hay una natural predisposición en la juventud a aferrarse a cualquier discurso que parezca resolver los enigmas de la realidad con unas pocas formulaciones simples. La demonización del “milico” y la identificación con unas víctimas ideales a las que se presume se encontraban indefensas y a las que por otra parte no supone riesgo alguno reivindicar puesto que están muertas o cuyos descendientes no representan un factor social de peso, resultan útiles para alimentar una agitación a la que el canon del humanismo abstracto provee de prestigio. Pero al hacer esto se corre el peligro de que muchos otros problemas concretos, provenientes del pasado y activos en el presente, sean dejados de lado.


Denunciar la ignorancia o el prejuicio superficial de estos planteos se constituye, entonces, en una obligación. Tal vez antipática, pero inevitable. Esta nota deviene entonces de la necesidad de rebatir una afirmación asombrosa por su inexactitud y por la sede en la cual fue formulada. Días pasados hubo ocasión de escucharla en un programa emitido por el Canal Encuentros, empresa televisiva que depende del Ministerio de Educación de la Nación y que está realizando una labor más que meritoria en el ámbito de la comunicación. Lo que hace doblemente pecaminosa la falta cometida.



Disparate



En un programa muy interesante titulado El Arte cuenta la Historia, dedicado a comparar los testimonios pictóricos del pasado latinoamericano con los datos de la realidad concreta que los había inspirado, de pronto saltó una frase que era un puro y simple disparate. Mientras se observaban unas bellas y clásicas pinturas de la Conquista del Desierto y la vida de frontera, el locutor en off sentenció, palabras más, palabras menos: “La expedición de Roca implicó un genocidio que costó la vida a 100.000 aborígenes”. ¡Cien mil muertos en un país que contenía menos de dos millones de habitantes!



La televisión es el reino del despropósito, pero deberían existir límites para estos, al menos en un canal oficial que se precia de renovar la visión del pasado y de indagar en sus raíces. El historiador Roberto Ferrero ha formulado una jugosa reflexión sobre el uso indiscriminado de la palabra “genocidio”, aplicada a la conquista del desierto. Dice Ferrero, en efecto, que se trata de



una ligereza semántica y política, porque, ¿qué es un genocidio? El exterminio deliberado de una etnia o de un grupo social por el solo hecho de serlo, y generalmente y casi siempre, ejercido sobre gentes imposibilitadas de defensa alguna. Los turcos exterminaron a un millón y medio de armenios, pero estos no victimaron uno solo de sus perseguidores. Eso era un genocidio. Los nazis exterminaron seis millones de judíos, sin que los judíos persiguieran o mataran un solo alemán. Eso también era un genocidio. Pero el caso de Roca y la Conquista del Desierto es totalmente distinto. No fue un genocidio, sino la culminación de una larguísima guerra…”



Según el profesor Carlos Martínez Sarasola, autor del libro Nuestros paisanos los indios, durante la guerra de fronteras que se extendió aproximadamente entre 1820 y 1882, la lucha costó la vida a unos 8.000 indios, pero en el mismo lapso se cobró la vida de unos 4.000 soldados y pobladores criollos, a los que hay que sumar las cautivas que los aborígenes arreaban a las tolderías. El malón de 1875 sólo en Azul asesinó a 400 vecinos, cautivó a 500 y capturó 300.000 animales que fueron luego vendidos, como era de práctica, en Chile. Estamos a una enorme distancia de los 100.000 muertos concebidos por el imaginativo guionista televisivo…



El imperativo geoestratégico



En las condiciones del país incompleto que era la Argentina por aquel entonces, la conquista del Desierto emanaba de una necesidad geopolítica y de una fatalidad que estaba en rigurosa relación con el papel que al país le correspondía en el mercado mundial. A la necesidad de asegurar la posesión de la tierra para la colonización agraria se sumaba la de garantizar las fronteras del inmenso desierto patagónico contra las ambiciones chilenas o de cualquier eventual aspirante trasatlántico. No se ve bien en base a qué código ético puede denunciarse el deseo de cumplir con esa necesidad como un rasgo racista. La historia no es el reino de la virtud abstracta ni de los buenos deseos; es un ámbito en el cual la virtud se identifica con la eficacia en procurar la salvaguarda del mayor número y en verificar un desarrollo que sea apto para crear nuevas oportunidades de realización comunitaria. El proceso argentino renqueó horriblemente en estos aspectos; pero fue precisamente la negativa a reconocer la misión que les competía, de parte de la burguesía comercial, de los ganaderos y de las élites ilustradas de Buenos Aires, lo que deformó al país. Encerrados en su mezquino interés, lejos de asumir a la nación en su conjunto, la concibieron apenas como un apéndice colonial de su confort portuario. La cuestión residía en suprimir la resistencia del criollaje (que no estaba compuesto por indios sino por un paisanaje decantado a lo largo de siglos a través del mestizaje de españoles y aborígenes) asentado en el suelo, provisto de conciencia patria y de intereses vinculados a un sistema de vida artesanal que Buenos Aires quería destruir, para hacer lugar a un modelo de país integrado al mercado mundial a través de la importación de manufacturas y de la exportación de productos primarios.



Para la época de la conquista del desierto la situación ya se había consolidado a favor de Buenos Aires, a través de las expediciones punitivas de Mitre contra el interior y del exterminio del último foco de resistencia iberoamericano a la penetración imperialista que fue el Paraguay de los López. (1) Pero no todo estaba jugado. En el ejército de línea, forjado en la guerra del Paraguay y forzado luego a actuar como instrumento de castigo contra el interior cuando este se sublevó contra la aventura paraguaya, había un fermento que provenía del origen provinciano de muchos de sus oficiales. Entre ellos el tucumano Roca ocupaba un lugar preeminente por su solvencia profesional y por el carácter ponderado que lo distinguía. El ejército fusionaba a hombres antes enfrentados en las filas de la Confederación y en las de Buenos Aires, aunque fuese porteño por su conducción superior. Como dice Alfredo Terzaga en su magistral Historia de Roca, ese ejército



que había sido ensanchado forzosamente para las necesidades de guerra, impresionado por la resistencia del pueblo hermano cuya masacre se le imponía, y testigo de la resistencia porfiada de los provincianos, comenzó a pensar en una solución distinta”. (2)



La solución distinta era, en un principio, la designación de Sarmiento para ocupar la presidencia, obviando la continuidad del mitrismo en la figura de su candidato Rufino de Elizalde; pero el diseño de país que empezaba a abrirse paso en las filas militares no contemplaba ya la subordinación mecánica a los dictados de Buenos Aires y tendía a interpretar al país como una totalidad a la que había que integrar. En ese esquema, que era también el de José Hernández y el de los sectores nacionales de la opinión ilustrada, el problema de la frontera sur comenzaba a plantearse como algo más que como una táctica defensiva o como una política contemporizadora para con los indígenas, en la cual se alternaban las transacciones y los choques, en una guerra de posiciones que solo servía para sacrificar a la milicada de leva en los fortines. Había que pasar a un proyecto estratégico dirigido a acabar con la frontera móvil. Había que dominar o liquidar a los salvajes para asegurar la propiedad de la tierra, frenar las aspiraciones chilenas a ocupar la Patagonia y expandir el capitalismo hasta el Río Negro y los Andes.



Todo esto no podía verificarse por medios asépticos. El moralismo “progre” se eriza de espanto ante la dureza de la expedición y de sus expedientes militares para acabar con la resistencia indígena, pero no toma en cuenta los factores que estaban en juego ni se conmueve por la liquidación del gauchaje en las provincias federales,



muy superior tanto en números absolutos como en la importancia económica y política del procedimiento”. (3)



Este último supuso la instalación del proyecto exportador agroganadero y portuario ligado a la dependencia semicolonial, mientras que la conquista del desierto supuso la obtención de 20.000 leguas de territorio y la abolición, en la práctica, del mito renunciatario que imaginaba que “el mal que aqueja a la Argentina es su extensión”, mito del que todavía se hacía eco, no mucho tiempo atrás, el ex ministro de Economía Domingo Cavallo cuando afirmaba con desparpajo que “algunas provincias argentinas son inviables”…



Elegir a Roca como chivo emisario para denostar a la oligarquía y atribuirle el papel de factótum de esta y de la consolidación del modelo dependiente de país, es una equivocación. Lo que es más grave: se trata de una equivocación a veces a sabiendas, que en el fondo intenta deprimir, fundándose en rasgos genéricos que eran propios de un momento de la historia y que se pueden encontrar en todos los argentinos de aquel entonces, el rol positivo que el general Roca cumplió al sofocar el intento secesionista porteño de 1880, nacionalizando el puerto de Buenos Aires en la más breve pero más sangrienta de las batallas de nuestras contiendas civiles del siglo XIX. Ahí se cerró la organización nacional, cortando el nudo gordiano que la había imposibilitado durante 70 años. Estuvo lejos de ser perfecta, pero el daño venía de antes. Es imposible no preguntarse si no se trata en el fondo de aquel hecho lo que no se le perdona a Roca.



Quienes despotrican desde la izquierda contra el conquistador del desierto a la vuelta de tantos años, harían bien en tratar de evaluar el sentido general de su misión, en especial durante la primera etapa de su carrera. Pero quizá no quepa pedirle peras al olmo. La tozudez de personajes como Bayer deriva de una confusión entre los datos objetivos de la historia y la subjetividad de una comprensión de esta que sólo toma en cuenta los datos de un humanismo genérico, preocupado sobre todo por las individualidades y que no divisa ni intenta divisar las líneas generales por las que discurren los procesos históricos. Pero lo que en un individuo puede no ser otra cosa que un berrinche, traspolado a una gran cantidad de gente, en especial de gente influenciable por su juventud y por la carencia de referencias anteriores, corre el riesgo de transformarse en un factor de confusión que hace perder el tiempo polemizando en torno de falsos problemas, mientras por otro lado alguien se roba la ropa.



Enrique Lacolla


http://www.enriquelacolla.com/sitio/nota.php?id=207




Notas



1 - Dicho sea de paso, las expediciones punitivas contra el interior, posteriores a la victoria de Mitre en Pavón, arrojaron un saldo de 5.000 gauchos muertos, cifra que, dada la cantidad de habitantes que había por entonces, en términos contemporáneos equivaldría a que la última dictadura militar hubiera eliminado a 100.000 argentinos durante el período que duró su vigencia.



2 - Alfredo Terzaga, primer tomo de la Historia de Roca, ed. Peña Lillo, Buenos Aires 1976, pág. 230.



3 - Jorge Abelardo Ramos, Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, tomo II, pág. 112.





11 de enero de 2011

2011: El año de la encrucijada por Juan Gabriel Tokatlian (*)



Tiempo de reflexión






Este año será crítico en el sistema global debido a la crisis económicofinanciera que lo antecede. A pesar de que para algunos observadores esta crisis ha cedido, las más importantes economías de Occidente aún no se han estabilizado, las tradicionales locomotoras del comercio internacional no se han recuperado y los ajustes adoptados por Estados Unidos y la Unión Europea no parecen sostenibles. Esta crisis expresa y dinamiza una redistribución del poder internacional y ésta es su característica política más relevante.



Es ostensible el traslado del centro del poder de Occidente a Oriente y el reacomodamiento de la influencia desde el Norte hacia el Sur. El resurgimiento de Asia, que era una tendencia observable, con la reaparición de China y la India se ha acelerado y profundizado. Asia resurge, no surge, ya que en el siglo XI tenía más del 70% del producto bruto mundial.



Este gradual y decisivo tránsito del locus de poder está acompañado de procesos específicos que conviene subrayar. Desde mediados del siglo XX la dinámica demográfica más importante se localiza en Asia. Asimismo, después del fin de la Guerra Fría, se hizo evidente que también la dinámica geopolítica se traslada a Asia. Esto significa que Europa, escenario de potencial confrontación en la bipolaridad soviético-estadounidense, resulta menos preponderante, y los asuntos centrales de Asia y del Pacífico empiezan a cobrar más trascendencia porque lo que allí ocurre en términos de guerra o paz tiene efecto mundial. Además, el crecimiento económico y la capacidad científica, tecnológica y productiva desplegadas en Asia en los últimos años son elocuentes, especialmente frente a un Occidente cada vez más ocioso, especulativo y despilfarrador. Así, demografía, geopolítica y economía se centran cada vez más en Oriente.



Toda redistribución de poder implica una pugna: nadie pierde o gana poder de manera gratuita. Cuando el centro de poder se movió dentro de Occidente, los costos fueron elevados; el fin de la hegemonía británica generó un difícil proceso de reacomodo y conflictividad. Es de esperar que la mutación actual no esté exenta de tensión.



Hay elementos inquietantes y alentadores. Entre los primeros está el que en Asia se ha producido la mayor proliferación nuclear: el tácitamente aceptado por Occidente, Rusia y China, arsenal nuclear de Israel; las toleradas pruebas nucleares de la India y Paquistán; el limitado programa nuclear de Corea del Norte, y la cuestionada ambición nuclear de Irán. De persistir el fracaso de las iniciativas de desarme, ante las inconsistencias de las políticas de no proliferación de las potencias nucleares y si se concreta el proyecto iraní, habría importantes incentivos para que más naciones del continente -por ejemplo, Arabia Saudita, Turquía, Indonesia y Japón, entre otras- optaran por proliferar. De otra parte, es de subrayar el complicado entrecruzamiento de dilemas de seguridad: entre las dos Coreas, entre Japón y China, entre China y Rusia, entre Paquistán y la India, entre la India y China y entre diversos países de Medio Oriente, para mencionar sólo algunos. Adicionalmente China, principal poder (re)emergente de Asia, muestra graves problemas sociales internos: se han incrementado las protestas y el desorden público, ha crecido la desigualdad, el delito, y se ha ampliado la brecha de ingresos rural-urbana. A su vez, el papel de Estados Unidos es de enorme impacto: Washington puede entorpecer el sensible equilibrio de poder en el este de Asia y convertirse en un generador de mayor inseguridad como lo ha hecho su presencia en Irak y Afganistán.



Hay, sin embargo, factores moderadores. Si se toman en consideración los últimos ciento cincuenta años, Occidente ha sido más bélico e inestable que Oriente. Esto no quiere decir que en Oriente no haya habido competencia, que Japón no haya sido un violento actor revisionista y que no hayan existido diversas guerras. Pero los niveles de belicosidad han sido más altos en Occidente. Adicionalmente, el ascenso de China en el último cuarto de siglo ha tenido connotaciones más pacíficas que revisionistas y no ha implicado una amenaza para la paz y la seguridad internacionales. Para indicar su relativo ajuste a las "reglas de juego" y su ponderación en el uso de un instrumento diplomático de poder, China es el miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU que menos ha recurrido al veto, apenas 7 veces (2,66% del total). Por último, han surgido nuevos modos de articulación regional que, en el campo de la seguridad, pueden tener efectos provechosos. Por ejemplo, la creación de la Organización de Cooperación de Shanghai ha constituido un foro para generar confianza mutua y estabilidad regional y limitar la potencialidad de una intervención estadounidense directa en los linderos de China y Rusia.



Tal como en su momento se proclamó el fin de la historia y el declive de las ideologías hoy también, de manera ingenua o apresurada, se proclama el fin de la unipolaridad. Esa es una visión limitada y confusa de la distribución de poder porque no da cuenta de las complejidades y contradicciones actuales. Si se mira el sistema internacional en su dimensión militar es claro que no vivimos una situación multipolar. El presupuesto de defensa de Estados Unidos es el 50% del presupuesto de defensa del resto del mundo.



Este ejemplo no indica que el escenario unipolar sea invencible; muestra que se debe tener claridad sobre los diversos tableros que se despliegan y entreveran en la política mundial contemporánea: el militar, el diplomático, el económico, el tecnológico, el cultural, el del poder duro, el del poder blando. Es necesario matizar y afinar las ideas de unipolaridad o multipolaridad para no anunciar de manera apresurada el declive de Estados Unidos. Tema que estuvo muy presente en la década del setenta, cuando muchos aseguraban que ante la consolidación del poderío de la URSS, Estados Unidos decaía. El error conceptual y político fue mayúsculo. Estados Unidos ha tenido una gran capacidad de recomponer su poderío. Lo que algunos consideran erosión inminente parece ser una fase de una lenta decadencia. Estados Unidos se autoconcibe como una nación excepcional, con un destino extraordinario y asume cruzadas periódicas, por lo que no es claro cuándo ni cómo decaerá.



Si se distingue poder militar de influencia política la unipolaridad no está acompañada de una plena hegemonía. Si además se diferencia la estabilidad y la legitimidad, es evidente que la unipolaridad militar reafirma una precaria estabilidad internacional, pero no hace más legítimo el ejercicio del poder de Washington.



Los límites de la unipolaridad no pueden tampoco llevarnos a sobredimensionar las virtudes de la multipolaridad. El pasado enseña que ha habido momentos de multipolaridad con mucha confrontación. La experiencia europea de fines del siglo XIX y principios del XX así lo demuestra. La multipolaridad no trae necesariamente paridad en la distribución de poder. La superposición de ámbitos de unipolaridad con tendencias a la multipolaridad ofrece un escenario de incertidumbre. Un argumento muy difundido orientado a subrayar la consumación de la unipolaridad y la materialización de la multipolaridad es el que afirma que el denominado "Consenso de Washington" ha sido sustituido por el "Consenso de Beijing". Es evidente que la ortodoxia que caracterizó al "consenso estadounidense" se ha erosionado significativamente, pero el nuevo "consenso chino", con su mayor acento en el desarrollo económico, el papel central del Estado y la mayor atención de las cuestiones sociales, no expresa una innovación categórica y sustentable. Si existe un tenue "Consenso post-Washington" éste se concibe en el marco de la globalización vigente, acepta parámetros básicos del capitalismo actual y no afecta intereses críticos de los sectores más poderosos en los niveles nacional e internacional. En todo caso, las ambigüedades y restricciones que ha mostrado el G-20 frente a la regulación profunda de los flujos financieros demuestran que un consenso alternativo como pilar de un multipolarismo efectivo está aún distante.



Por último, en varios círculos prevalece una lectura simplista de la crisis económico-financiera actual. Sugieren que el capitalismo está herido de muerte, que las medidas de estatización indican una tendencia sólida en la política mundial y que las posibilidades de cambio y de nuevas alianzas sociales y políticas superadoras se están abriendo paso en el Norte y el Sur. Los interrogantes sobre este argumento, muy extendido en América latina, surgen de una lectura comparada e histórica. Las salidas de las dos últimas crisis no fueron progresistas. La de 1929-1930 estaba parcialmente resuelta en su dimensión financiera entre 1935-1937, pero a fines de esa década se produjo la Segunda Guerra Mundial. Otra crisis importante fue la de la década del setenta cuando se cuadruplicó el precio del petróleo, hubo altas tasas de inflación y Estados Unidos abandonó el patrón oro. La salida de esa crisis fue por derecha: se generaron y consolidaron alianzas sociales conservadoras, particularmente en los países centrales (preservando la democracia), aunque también en los países de la periferia (con distintas variantes autoritarias), al tiempo que se inició el desmantelamiento del Estado de bienestar. La Reaganomics y el Thatcherismo simbolizaron dos expresiones de este reacomodo de fuerzas, que no impidió las experiencias socialdemócratas en Europa. Sin embargo, la adopción del recetario económico convencional por parte del progresismo europeo minó su aptitud para el cambio y la renovación. La actual crisis enfrenta al mundo progresista tradicional con una notable carencia de horizonte e innovación conceptual. Esto puede explicar el fuerte avance de las derechas en Europa. Por otro lado, la victoria de Obama en Estados Unidos no significó una recuperación firme de sectores demócratas, grupos liberales y fuerzas alternativas: los neoconservadores y fundamentalistas siguen en el centro de la escena política y delimitan la agenda interna y la externa.



Al terminar 2010 la mayoría de los análisis coincidieron en que los resultados de la presente crisis serán bajas tasas de crecimiento global, un mayor grado de concentración por las fusiones de conglomerados financieros y más niveles de desigualdad social por el desempleo. ¿Cómo habría de ser progresista la salida? Asistimos a un escenario bifurcado que puede conducir a un progresismo defensivo o a un avance reaccionario, y 2011 es un año clave para ver hacia dónde nos estamos desplazando.



(*) Universidad de San Andrés, Ph.D., Relaciones Internacionales, The Johns Hopkins University School of Advanced International Studies, Washington D.C., 1991. -M.A., Relaciones Internacionales, The Johns Hopkins University School of Advanced International Studies, Washington D.C., 1981. Licenciado, Sociología, Universidad de Belgrano, Buenos Aires, 1978.



Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1340438


9 de enero de 2011

Geocultura: El Poder del Idioma





Un instrumento internacional

sin políticas de Estado





Por Alberto Buela (*)







Los norteamericanos, esos seres humanos que cuantifican todo, en donde el gigantismo es el dios monocorde de una sinfonía aburrida como es la de medir todo aquello que se hace, no dejando lugar al hacer o dejar de hacer “porque me da la real gana”, como pasa con nosotros en el “mundo bolita”. Los estadounidense acaban de realizar una nueva encuesta sobre el uso y aprendizaje del castellano (ellos lo llaman español) en Estados Unidos.



Las cifras son las siguientes: 850.000 estudiantes universitarios están aprendiendo castellano, mientras que francés lo hacen solo 210.00; alemán 198.000, japonés 74.000 y chino mandarín 74.000. Además alrededor de 40 millones hablan fluidamente la lengua de Cervantes y 4 millones de norteamericanos Wasp (White anglosaxon protestant-Blancos anglosajones protestantes) que no son de origen hispano lo hablan correctamente.



Siempre siguiendo con las cifras, muestra esta nueva encuesta que 89% de los jóvenes hispanos nacidos en USA hablan inglés y español, contra el 50% de dos generaciones anteriores. Se calcula que los hispanos para el 2050 dado su crecimiento poblacional que supera en hijos la media de yanquis y negros serán el 30% de la población. El índice de natalidad de los yanquis es del 1,5%, el de los negros de 2% y el de los hispanos el 3,5%.



Se ha producido un cambio de mentalidad en el mundo hispano de los Estados Unidos y es que los padres ven como una ventaja el bilingüismo de sus hijos, contrariamente a lo que sucedía dos generaciones para atrás. Así, unas décadas pasadas los padres pedían a sus hijos que no hablaran español porque pensaban que su inserción y progreso en Estados Unidos sería más rápida, mientras que ahora aprecian que la práctica del bilingüismo les ofrece mejores posibilidades laborales y de inserción social.



Este cambio de paradigma ha producido una explosión en los estudios hispánicos en USA con el consabido efecto multiplicador que produce en las sociedades que le son periféricas como es, su patio interior: la América hispánica.



Por otra parte, el desarrollo de las nuevas tecnologías de la comunicación como el Internet han venido a colaborar en esta explosión de la práctica del castellano en Norteamérica. Los inmigrantes hispánicos están en contacto diario con su cultura de origen, sus prácticas cotidianas, sus usos y costumbres.



¿Cómo se aprecia políticamente este fenómeno desde los Estados Unidos?. Desde EE.UU. un analista político y estratégico como Samuel Huntigton en un reciente trabajo titulado El reto hispano afirma: «La llegada constante de inmigrantes hispanos amenaza con dividir Estados Unidos en dos pueblos, dos culturas y dos lenguas. A diferencia de grupos anteriores de inmigrantes, los mexicanos y otros hispanos no se han integrado en la cultura estadounidense dominante, sino que han formado sus propios enclaves políticos y lingüísticos -desde Los Ángeles hasta Miami-y rechazan los valores angloprotestantes que construyeron el suelo americano. EE UU corre un riesgo si ignora este desafío."



Por su parte el politólogo del Boston Collage, Peter Skerry afirma: "A diferencia de otros inmigrantes los mexicanos llegan procedentes de una nación vecina que sufrió una derrota militar a manos de Estados Unidos y se establecen, sobre todo, en una región que, en otro tiempo, fue parte de su país (...) Los habitantes de origen mexicano tienen una sensación de estar en casa que no comparten otros inmigrantes". Pues casi todo Texas, Nuevo México, Arizona, California, Nevada y Utah formaban parte de México hasta que este país los perdió como consecuencia de la guerra de independencia de Texas, en 1835-1836, y la guerra entre México y Estados Unidos, en 1846-1848.



Y, desde el mundo hispano americano? Prácticamente no se hace nada, se deja liberado al fenómeno a una especie de fuerza de las cosas por la cual lo ha de ha dar se dará y lo que ha de cambiar, cambiará. No existe una sola política de Estado, que tengamos noticias, de ninguno de los veintidós Estados iberoamericanos sobre el tema de la expansión, consolidación y transmisión del castellano entre los inmigrantes a los Estados Unidos. Estos están librados a su suerte y arbitrio y no reciben ninguna ayuda ni apoyo para su práctica.



Es que la dirigencia política iberoamericana (salvo el caso extraordinario de Lula) no ve en el ejercicio y práctica del español un resorte de poder internacional, que sobre un universo de discurso de 550 millones de hablantes la convierte en la lengua más hablada del mundo. Ni siquiera ven el dato bruto que acabamos de enunciar.



Y el caso de Lula va más allá de lo ordinario, como lo es la dirigencia política iberoamericana en su conjunto, pues él como buen discípulo de Gilberto Freyre pudo afirmar: “la cultura hispánica está en la base de nuestras estructuras nacionales argentina y brasileña, como un vínculo transnacional, vivo y germinal en su capacidad de aproximar naciones”. En septiembre de 2008 firmó el decreto ley sobre “Acuerdo ortográfico de lengua portuguesa” que simplifica y unifica la forma de escribir el portugués entre los ocho Estados que lo tienen como lengua oficial (Portugal, Brasil, Angola, Mozambique, Cabo Verde, Guinea Bissau, Sao Tomé y Príncipe y Timor Oriental). Acuerdo que calificó de estratégico. Hoy en Brasil son 12 millones los estudiantes que practican correctamente el español, es que el hombre hispano entiende y, con mínimo esfuerzo, habla naturalmente cuatro lenguas: el gallego, el catalán, el portugués y el castellano.



El multi o polilinguismo con el cual el castellano convive desde siempre- la vida en España y la aventura de América han sido pruebas concluyentes- nos está indicando que hoy donde el bilingüismo es tan necesario como el agua, está nuestra lengua en mejores condiciones que cualquier otra de servir a la humanidad en su conjunto. Este es el hecho bruto del cual la dirigencia política no ha sabido sacar ninguna ventaja ni provecho. Y su ceguera no le permite apreciar que tiene en sus manos y en desuso el instrumento más valioso en orden a la política internacional.



(*) arkegueta, aprendiz constante

alberto.buela@gmail.com

UTN- Fed. del Papel

Geocultura: El Indigenismo



Ocaso etnicista


Por Andrés Soliz Rada,


ex ministro de Hidrocarburos


de Bolivia.






La Paz, 31/12/10.- La fractura ideológica del Colectivo “Comuna” entre dos de sus integrantes, el vicepresidente Álvaro García Linera (AGL) y el ex viceministro de Planificación Estratégica, Raúl Prada Alcoreza (RPA), ayuda a entender los problemas del gobierno. AGL, después de participar en una guerrilla indígena, defendió el “capitalismo andino”, para sostener ahora el “socialismo comunitario”, a través del estatismo en la economía. El epistemólogo RPA plantea el retorno al Tawantinsuyo, luego de absorber aportes indianistas. Esta confrontación se ve reflejada en el libro “Qué Hacer con los Indios”, del periodista e investigador social, Pablo Stefanoni.



Stefanoni destaca las reflexiones de la historiadora Rossana Barragán, quien recuerda que desde el inicio del Siglo XXI, Bolivia es un país más urbano que rural. Para el sacerdote Xavier Albó, lo anterior ha producido continuidades rurales en las ciudades, de manera que los aymaras urbanos, por ejemplo, mantienen su raíz aymara. En consecuencia, la simbiosis aymara-mestiza sería ficticia. Sobre el particular, Barragán se pregunta si mantendrán incólumes sus identidades étnicas los aymaras burgueses, dueños de camiones y ómnibus, los “prestes” (padrinos) de las fastuosas fiestas del Señor del Gran Poder (los que contratan policías privados para garantizar su seguridad) y sus hijos, muchos de lo cuales gustan del rap, de las cumbias villeras, de usar pantalones anchos y que ya no hablan aymara.



La historiadora se respalda en “trabajos de campo” frente a utopías ancestrales, cuyos ideólogos, financiados por ONG y basados en declaraciones de la OIT y la ONU, manipularon las preguntas del censo del 2001, en el que nadie podía declararse mestizo. Lo anterior facilitó el reconocimiento de 36 inexistentes naciones indígenas en la Constitución Política de febrero de 2009. Lo anterior estancó la construcción de la subjetividad de lo boliviano. Barragán advierte que en la ciudad de “El Alto” están presentes también identidades ocupacionales, como obreros o comerciantes por cuenta propia (el 30 % de la población), que no encajan sólo en parámetros étnicos. Tal heterogeneidad ocurre en todas las ciudades del país. Ha emergido, por tanto, un neo mestizaje, que, a diferencia del que surgiera en 1952, dio paso a un nacionalismo indo-mestizo, que debilita al máximo el colonialismo interno.



Stefanoni rescata, asimismo, las investigaciones de Gilles Riviere y Alison Spedding, quienes demuestran que ahora hay en el agro más pentecostales que indianistas. Aquellos que los descalifican por ser, supuestamente, agentes del imperialismo olvidan que numerosos evangélicos integran las bases del PT brasileño o que Hugo Chávez simpatiza con los cristianos. Dentro del MÁS, el etnicismo se ha reducido a discursos en eventos internacionales y ecológicos. En cambio, se ha fortalecido la alianza Evo-FFAA, en su vertiente patriótica, que nacionalizó el petróleo, garantiza la cohesión nacional (frente a intentos separatistas), tiene presencia en todas fronteras unidad y preserva la unidad de Bolivia.


Sin embargo, el actual capitalismo de Estado, y esta es sólo mi opinión, carece de coherencia al silenciar los abusos de Petrobrás y varias petroleras europeas, no ampliar el comercio internacional por el Puerto peruano de Ilo, no usar el 50 % de los manantiales del Silala de los que Chile se beneficia gratuitamente desde 1906, no cambiar la matriz energética, seguir regalando los licuables del gas a Argentina y Brasil, organizar excesivas e inútiles empresas estatales y desarrollar una pésima gestión que lo obligó a dictar un gasolinaza en el mejor estilo del neoliberal Sánchez de Lozada

2 de enero de 2011

Espacio y Geopolítica: Argentina tierras extranjerizadas


Cacería de tierras fértiles

El mundo asiste a una vertiginosa carrera de compra de tierras fértiles, sobre todo en África y Sudamérica.

Mientras que la Argentina carece de una política de protección de las tierras cultivables como patrimonio intransable del país y ha permitido, en los últimos años, que corporaciones extranjeras adquirieran enormes latifundios, en todo el planeta se registra una verdadera cacería de suelos fértiles. Y se lo hace con un doble sentido de previsión: primero, para afrontar desde posiciones más sólidas el desafío alimentario que se acentuará a partir del segundo cuarto de este siglo; el segundo, para reducir la dependencia de las importaciones alimentarias y contener la sangría económica que representa el constante encarecimiento de los productos primarios en los mercados.

Naturalmente, cuando se aborda este tema, se piensa en China y la India, cuyas necesidades de alimentos básicos crecen en relación directa con su expansión demográfica y el constante mejoramiento de su calidad de vida. Pero hay otras naciones, dotadas de enormes reservas de divisas, que han ingresado en este mercado de tierras y aguas cada vez más dinámico: Arabia Saudita, Qatar y los Emiratos Árabes son ahora fuertes compradores.

China fue precursora en esta política, operando primero en África. En más de una decena de países, sus corporaciones compraron centenares de miles de hectáreas especialmente aptas para el cultivo de soja y luego dirigieron sus flujos de inversiones también hacia Brasil y Argentina. En la nación vecina, ya poseen 100 mil hectáreas al oeste de Bahía, para producir esa oleaginosa y maíz, en tanto negocian la compra de entre 200 mil y 250 mil hectáreas en las regiones de Maranhao, Piauí y Tocantins.

Por otra parte, operadores de la superpotencia asiática adquirieron más de 200 mil hectáreas en la provincia argentina de Río Negro para el cultivo de soja y proyectan construir una planta de fertilizantes en Tierra del Fuego.

La pequeña nación árabe Qatar analiza ahora hacer inversiones rurales en nuestro país. Mahendra Shah, director del Programa Nacional de Seguridad Alimentaria de Qatar, describió a la Argentina como la “plaza ideal” para la producción de alimentos y de reserva de agua potable. Ya iniciaron negociaciones para cerrar las primeras adquisiciones, por unos 100 millones de dólares. Esas declaraciones parecen basarse sobre una reciente investigación del Fondo Mundial para la Naturaleza, que destacó a la Argentina “entre los 10 países del mundo con mayor cantidad de recursos para la supervivencia de la humanidad, de cara a los próximos siglos”.

¿Serán fondos soberanos y corporaciones extranjeras las que extraigan los mayores beneficios de esas fantásticas potencialidades, mientras los argentinos seguimos profesando el centenario orgullo de poseer un territorio de singulares riquezas, de las que la inmensa mayoría seguirá excluida?

Fuente: La Voz del Interior Córdoba Argentina:

http://www.lavoz.com.ar/opinion/caceria-de-tierras-fertiles