Nos mudamos a Dossier Geopolítico

6 de julio de 2006

La Primera Invasión Inglesa Por Eduardo Di Pascuale

Primera Invasión Inglesa

Los ingleses ante Buenos Aires (18 al 26 de junio).
El 18 de junio se reciben las primeras informaciones de encontrarse buques enemigos en las cercanías de la isla de Flores. Sobremonte no toma otra medida que una relación de los capitanes de milicias sobre el estado de caballos y monturas. Pasan seis días de nerviosa expectativa; el 24 a las cuatro y media de la tarde se avistan navíos de guerra frente a Quilmes; al anochecer, el comandante de Ensenada, capitán de navío Santiago Liniers, entrevé unos buques “alterosos y de poco guinda” que le parecen mercantes holandeses.

Esa noche el virrey celebraba una fiesta familiar epilogada con una función en la Casa de Comedias (la representación de “El sí de las niñas”, de Moratín, ha quedado clásica). Allí le entregan nuevos pliegos de Liniers rectificando que los buques no eran mercantes holandeses sino navíos de guerra ingleses, pues acaban de dispararle unos cañonazos que habría replicado con sus baterías costeras.

Eran las 9 de la noche. Sobremonte se retira a la Fortaleza. Convoca a las milicias urbanas para la mañana siguiente en los cuarteles del Fijo y de Dragones, desocupados por estar los cuerpos en Montevideo. Sube a la azotea de la Fortaleza para “hacer señales a los buques corsarios a fin de que se cobijaran” (esta actitud hizo creer que estuviese en connivencia con los atacantes), ordena que el subinspector de Milicias y Tropas Regladas, Pedro Arze, con las “más aparentes” milicias cubriese el puesto de Quilmes, mientras el teniente-coronel de blandengues, Manuel Gutiérrez, con doscientos de los suyos iría a proteger a Ensenada. Y se va a dormir.
Al amanecer del 25 las milicias de infantería se aglomeran en La Ranchería, cuartel del Fijo, y las de caballería en Las Catalinas, asiento de los dragones: son mil trescientos hombres en cada cuartel, fuerza ponderable si tuviese instrucción y armas. Hacia las nueve de la mañana se presenta la escuadra inglesa, que había cambiado tiros la noche anterior en Ensenada, a la vista de la ciudad y en formación de guerra: en la Fortaleza disparan tres cañonazos en señal de alarma, lo que congrega en la plaza a considerable gente – calculada en mil quinientos entre hombres, viejos y niños – que vivan al rey y piden armas para “defender la Patria” (la patria era la ciudad en la terminología de la época). Sobremonte se muestra en los balcones, y los arenga. Por primera y única vez en su vida es aclamado; dice que “están tomadas todas las providencias”, y los invita a retirarse “a almorzar, que él vigilaría” con su catalejo.

El desembarco (25 de junio).
A las 11 de la mañana del 25 los ingleses, después de recorrer la costa en busca del mejor lugar, empiezan el desembarco en Quilmes. Son veinte botes que van y vienen con soldados uniformados de rojo, cañones, caballos, arreos, pólvora, que depositan trabajosmente en la playa bajo una llovizna fría; un bañado los separa de la barranca. Desde allí un sargento de artillería española con cinco hombres y una de las piezas encargadas de las señales dispara el cañonazo de alarma, conforme a lo convenido, y permanece firme. Tal vez los ingleses creen que hay más tropas ocultas en los espinillos, pues se quedan en la playa, calados y ateridos. Hasta el anochecer dura el desembarco de los 1.635 hombres, con sus implementos.
Arze llega a mediodía a Quilmes con 400 milicianos elegidos entre los más dispuestos y mejor montados, a los que ha agregado cien blandengues, dos cañoncitos de a 4 y un obús de a 6. Toma posición en las barrancas junto al sargento del cañón y no hace nada, nada, en toda la tarde. Mirar, nada más. Los milicianos y blandengues desean cargarse al grupo de ateridos ingleses, que se va engrosando cada vez más, pero el subinspector sólo quiere obrar sobre seguro. Manda pedir refuerzos; y mientras vienen, seguirá esperando.
Llega la noticia del desembarco a Buenos Aires. Sobremonte manda tocar generala a las dos y media de la tarde, y la multitud vuelve a congregarse en la plaza; los milicianos reclaman armas, pero el virrey no se atreve a armar a las milicias, dirá más tarde el cabildo en su informe. Se limita a distribuirlas, desarmadas, en compañías al mando de algunos oficiales veteranos. Sólo más tarde les dará una carabina con cuatro tiros a los de caballería.

“Se tocó la alarma general – dirá Belgrano en su Autobiografía – y conducido del honor volé a la Fortaleza, punto de reunión: allí no había orden ni concierto en cosa alguna como debía suceder en grupos de hombres ignorantes de toda disciplina y sin subordinación alguna. Allí se formaron las compañías y yo fui agregado a una de ellas, avergonzado de ignorar hasta los rudimentos más triviales de la milicia”.

Sobremonte ordena que la caballería vaya al puente de Gálvez (hoy puente Pueyrredón) donde atraviesa el Riachuelo el camino del sur: son 129 hombres de a caballo, la mitad mal armados. El resto de las milicias debe concentrarse en sus cuarteles, a la espera de armas y órdenes. El virrey revista los 129 del puente, a quienes agrega un tren volante de artillería; luego vuelve a la Fortaleza a disponer se saquen los caudales para el interior, conforme a lo previsto, con una escolta de cien blandengues. Como ha cumplido su deber, se va otra vez a dormir.

Combate de Quilmes (26 de junio).
Todo parece una comedia. Los ingleses completan el desembarco al anochecer del 25, pero se quedan en la playa, entre el río y el bañado, empapados por la lluvia. Arze, como fascinado, no se mueve en toda la noche, no obstante que la lluvia hubiese favorecido el ataque. Al amanecer del 26, los ingleses inician lentamente el avance por la tosca húmeda y anegada: cruzan el bañado con el agua por las rodillas arrastrando los cañones. Arze se limita a mirarlos desde su altura. Los invasores se despliegan en orden de combate ante la posición de Arze (“la más bella posible” dirá uno de ellos), y solamente entonces el caballeroso subinspector rompe e1 fuego con los dos cañoncitos y el obús; los ingleses responden con sus schrapnell.
Al oír los disparos, Sobremonte sube con su edecán a la azotea de la Fortaleza. Mira con un catalejo: “los ingleses saldrán bien escarmentados”, asegura satisfecho. No habría tal: estallan los schrcpnell entre los milicianos en el momento de llegar algunos refuerzos que vienen desde el puente de Gálvez: las tropas de Arze y las recién llegadas quedan envueltas por el humo de la metralla y el sub-inspector sólo atina a ordenar retirada. Es una huída general, y Arze, que no será de los más lerdos, amonesta a los reclutas: “¡Yo ordené tocar retirada, y no desordenada fuga!”, para lamentarse a grandes voces: “¡Qué dirán las mujeres de Buenos Aires!”. Eso es el “combate de Quilmes”.
Sobremonte no alcanza a distinguir con su catalejo el alcance del escarmiento. Algo pasa, pero la distancia, neblina y el humo de los cañones le impiden saber qué es. Deja la Fortaleza, va al puente de Gálvez, vuelve, torna nuevamente al puente; nadie sabe nada. Empiezan a llegar los fugitivos; el trémulo subinspector da verbalmente el parte de la derrota: “eran entre cuatro o cinco mil” los enemigos “bien disciplinados y aguerridos”; por eso debió dejarles el campo con los cañoncitos y el obús. “Antes de la oración – asegura a gritos – los tendremos en el puente". A Sobremonte no se le ocurre nada ante el peligro: ni cavar trincheras, ni distribuir a las milicias los 400.000 tiros del parque, que más tarde caerán en poder de los ingleses, ni preparar el Fuerte con sus 35 cañones de a 24. Sólo atina a destruir el puente y poner las embarcaciones amarradas en el Riachuelo en la orilla izquierda, “así los enemigos no pueden usarlas”.
Después, padre y marido ejemplar, piensa en los suyos. Vuelve a la Fortaleza, hace aprontar un carruaje, que con la correspondiente escolta llevará a su esposa, hijas y futuro yerno a la seguridad de la quinta de Monte Castro (Floresta), donde se les habría de reunir el cabeza de familia “una vez agotadas las medidas que requiere el honor”. Se le ha ocurrido una idea: hacer del Fuerte, con sus 35 cañones de a 24 y su sólida construcción de ladrillo, un baluarte. Allí ordenará replegarse a los milicianos del puente, mientras él escribirá al gobernador Ruiz Huidobro, de Montevideo, para que le mande a Monte Castro, con premura, las tropas veteranas acantonadas en la Banda Oriental. Cuando lleguen aplastará a Beresford entre ellas y la Fortaleza. Ordena al coronel José Pérez Brito quedarse en la Fortaleza con “el mando de la ciudad", mientras él operaría desde el exterior.

En ese momento se le acercan los oidores a preguntar noticias y qué deben hacer. Les informa la delegación del mando militar “y el político quedará en las manos V. Mercedes, que se encerrarán aquí (la Fortaleza) para hacer una rigurosa defensa”. Los oidores se miran: ¿el marqués estará en sus cabales? “No dejamos de extrañar – dirán después de la Reconquista – que el virrey... hubiese tratado que el Tribunal se encerrase en el Fuerte para objetos tan extraños a su profesión y conocimientos”.

Brito, alarmado, pregunta: “¿Qué defensa podré hacer yo en el Fuerte?”; ¡Que caigan abajo sus cimientos! responde heroico Sobremonte; “¿Y qué víveres hay para ello?”; “Pues, cuando no haya más remedio podrán hacer VV. (Brito y los oidores) una capitulación honrosa”. Y tomando la puerta: “Señores, las circunstancias apremian”.
No había cobardía en Sobremonte; no la tuvo en toda su carrera, y no se le despierta ahora. Sólo está mareado: él sirve para obedecer pero no atina lo que debe mandarse. A las siete de la noche va nuevamente al puente de Gálvez, que ha sido volado. Echados cuerpo a tierra, en la ribera junto al Riachuelo, están los milicianos de la plaza, a quienes se les ha repartido algunos fusiles pero mezquinado las municiones (los ingleses se incautarán de los 400.000 tiros sin usar). Unos artilleros tienen cañoncitos de a 2. No hay más oficial superior que el asustado Arze, que no deja de infundir ánimo: “¡son muchísimos, y aguerridos los ingleses!”. Sobremonte ordena a los milicianos que deben “replegarse a la Fortaleza”; como nadie se mueve repite la orden a su edecán, que la trasmite en voz fuerte. Se levantan protestas: “¿Cómo se entiende eso de retirarse cuando no se sabe de qué color es el uniforme del enemigo?”, se oye a algunos. “Nadie levante la voz – ordena el edecán –. Pena de la vida a quien no obedezca al señor Virrey”.

“Acción” de Gálvez (27 de junio).
En ese momento – las ocho de la noche – llegan a la otra orilla las primeras avanzadas inglesas, recibidas con fuego de fusilería por los milicianos; los cañones – manejados por veteranos – quedan mudos. Beresford detiene el avance hasta salir el sol, para ver el obstáculo que se interpone. Sobremonte, al tiempo de volver a su carruaje, ordena seguirle a los veteranos y reitera a las milicias la orden de replegarse a la Fortaleza. Hay un momento de esperanza: el virrey irá seguramente al paso Chico a cruzar el Riachuelo y tomar a los ingleses por retaguardia. No hay tal: ha terminado la jornada y el virrey se repliega a dormir a la quinta de Doma en San Telmo.
Al amanecer del 27 ocurre la “acción” del puente de Gálvez. No dura una hora: algunos marineros ingleses han cruzado el Riachuelo a nado y traído las embarcaciones a la orilla derecha; los schrapnell caen sobre los milicianos que se retiran en confusión. Con las barcas los ingleses tienden rápidamente un puente y cruzan el río. Sobremonte desde la azotea del Hospital en lo alto de San Telmo sigue “la acción” con su catalejo. De allí se irá a Monte Grande con su escolta de veteranos, mientras las milicias entran a la ciudad a cumplir la orden de “replegarse a la Fortaleza”.

“Todos disgustados – escribe un testigo – tomamos la calle del bajo (Defensa) dirigiéndonos a la Real Fortaleza confusos y llenos de vergüenza, sin osar levantar la vista, y muchos llorando de pena, dejando en esa forma el paso franco a un enemigo débil”.

La rendición (27 de junio).
Los milicianos entran en la Fortaleza. Pérez Brito consulta con los oidores al saber la “acción” de Gálvez. Hay que rendirse, para evitar sufrimientos a la ciudad; por supuesto deben cumplirse formalidades, redactar una capitulación con “todos los honores”, etc., firmada por el virrey. Pero ir al Monte de Castro es correr el riesgo de toparse con los ingleses “que ya se vienen”. Deliberan toda la mañana los oidores con Pérez Brito y algunos vecinos; nadie sabe los trámites de una rendición. Mientras tratan de informarse, mandan un parlamentario al general inglés a pedirle “detenga su marcha hasta tener listos los preparativos de la capitulación”. El enviado se encuentra en el camino con un oficial inglés, Ensigh Gordon, que viene en nombre de Beresford; lo acompaña a la Fortaleza y gentilmente le sirve de intérprete. ¿Cómo se hace una rendición? Afortunadamente Juan Larrea trae de su casa un libro de arte militar con un modelo de capitulación. Las formalidades han quedado salvadas: Pérez Brito copia la “capitulación” acomodándola a las circunstancias – no olvida poner lo de “todos los honores” (¿no les recuerda a algo? – piensen; Menéndez- Malvinas)–, la firma en nombre de la “Junta de Guerra”; Gordon la llevará a Beresford. Es la una y media de la tarde.
Una hora después vuelve Gordon con el documento tan trabajosamente logrado: Beresford no quiere recibirlo “porque no es hora de capitulaciones”. Él, como vencedor, impondrá las condiciones de la rendición; pero sólo después de entregarle “los caudales del Rey y cualquier otro que hubiese de la Real Hacienda”, haciendo responsable a la “junta de guerra” si hubiesen sido ocultados. Se miran los oficiosos capitulados: “¿Dónde están los caudales?'’. Alguien se comide a ir al Monte de Castro a pedirlos al virrey. Y ¿los “honores de guerra”?: Los concede el oficial inglés : los milicianos que están en el Fuerte, con la “junta de guerra” a la cabeza, podrán salir con banderas desplegadas y redoblar de tambores a depositar sus armas a los pies del vencedor.
A las tres de la tarde los primeros ingleses entran por la calle Defensa a la plaza Mayor. Tras cruzar bajo el arco de la Recoba, a manera de arco de triunfo, forman alineados en la plaza. A las cuatro, Beresford llega a la Fortaleza. Con disgusto, los oidores y Pérez Brito han debido pasarse sin la salida “con honores” y la entrega de las armas, porque los milicianos han roto sus fusiles y se han ido sin ceremonias por la puerta trasera, llamada “de socorro”.
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LA TILINGUERÍA
El pueblo recibió con estupor y silencio la ocupación extranjera. Por las calles desiertas pocos transitaban; apenas si los proveedores – ahora mudos – de agua y carne. Sin embargo, la ciudad “estaría con los ingleses” le había dicho Miranda a Popham, informado Wayn en la ciudad del Cabo y confirmado White y O’Gormann. Era cierto, pero en parte. Los oficiales alojados en casas “principales” recibieron un trato amistoso; las mercaderías inglesas se agotaban en la calle de las tiendas: Mariquita Sánchez de Velazco, casada desde el año anterior con el capitán del puerto Martín Jacobo Thompson, se mostrará entusiasmada con los ingleses que han traído jabones “de olor”.
Beresford quiere cumplir las instrucciones de Baird. Nada de independencia a lo Popham o Miranda. Ordena un juramento de lealtad a Su Majestad Británica que prestarían obligatoriamente los empleados civiles, eclesiásticos y militares, y voluntariamente el pueblo. En esos momentos el brigadier vive la embriaguez de su triunfo: el 16 de julio escribe a Castlereagh, que “la satisfacción del pueblo va creciendo día a día”, y la atribuye al juramento de lealtad del clero. Pues en el gran salón del trono de la Fortaleza, donde un retrato de Jorge III con casaca encarnada ha sustituído el de Carlos IV con chupona azul que colgaba días antes, el clero con el obispo a la cabeza han jurado al nuevo soberano; sólo está ausente el superior de los bethlemitas del Hospital que ha preferido la cesantía a negar su rey.

El prior de los domínicos – fray Gregorio Torres – además de jurar pasaría una deplorable carta: “La pérdida del gobierno en que se ha formado un pueblo suele ser... muchas veces el principio de su gloria...
La suavidad del gobierno inglés y las sublimes cualidades de V. E. (Beresford) hacen esperarlo... La religión nos manda respetar las autoridades seculares y nos prohíbe maquinar contra ellas, sea la que fuere su fe, y si algún fanático o ignorante atentase temerariamente contra verdades tan provechosas, merecerá la pena de los traidores a la Patria y al Evangelio”.

Después presta juramento el cabildo en pleno, los funcionarios, y los oficiales de las tropas veteranas. También el consulado, notándose la ausencia de su secretario Manuel Belgrano que ha preferido irse a su estancia de Mercedes, Banda Oriental. No acude la audiencia, por entender que sus funciones emanan del rey de España, y no puede prestar juramento a otro; no se reunirá durante la ocupación británica a distribuir justicia invocando un nombre que no es el de Carlos IV. Fallan los “voluntarios”, pues sólo acuden cuarenta y ocho “comerciantes que hablaban inglés – asegura Popham –, habían hecho negocios con nosotros bajo colores neutrales, e iban por la cuenta que les tenía, pidiendo que sus nombres se mantuvieran ocultos para evitar represalias”.
Sin embargo, no todo era conformismo. El mayor Gillespie, que come en la posada de los Tres Reyes, ve la indignación de la muchacha obligada a servirle, que finalmente se descarga en una mesa de nativos : “Desearía, caballeros, que nos hubiesen informado de sus cobardes intenciones de rendir Buenos Aires... de haberlo sabido, nosotras las mujeres nos habríamos levantado unánimemente y rechazado a los invasores a pedradas”. Los esclavos se muestran altaneros, y motivaron el único decreto enérgico de Beresford: “los negros y mulatos esclavos” deberán obedecer a sus amos bajo severas penas.
La resistencia.
Un catalán, José Fornaguera, será el primero en planear la reconquista al día siguiente de la entrada de los ingleses. Su plan es tremendo: entrará una noche con un grupo de conjurados a La Ranchería y pasará a cuchillo a los ingleses, mientras otros grupos harán lo mismo en los “puestos”. Los de Beresford en la Fortaleza no tendrían más remedio que rendirse. Martín de Álzaga, el fuerte comerciante español, oye con seriedad el plan de Fornaguera y acepta financiarlo. Habría que buscar 700 u 800 voluntarios de buenos cuchillos y nervios templados. Otros dos catalanes – Felipe Sentenach y Gerardo Esteve y Llach – mejoran el proyecto: deberían traerse 1.000 veteranos de Montevideo aprovechando un tiempo de bajamar en que los pesados navíos ingleses no pudieran acercarse a la ribera; con cañoneras destacadas desde Montevideo bombardear la Fortaleza; volar con minas las defensas de ésta y el cuartel de la Ranchería; concentrar cerca de Olivos (donde desembarcarían los de Montevideo) 500 hombres decididos para auxiliar la marcha; formar un “ejército invisible” dentro de la ciudad que ayudase la múltiple acción.
Álzaga se pone a la cabeza de los trabajos. Pese a las órdenes de Beresford, no todas las armas de fuego han sido entregadas, y una comisión se encarga de recogerlas y depositarlas en casa del comerciante Santos Incháurregui. Se alquila una quinta en Perdriel, cerca de Olivos, para instruir la gente, pagándoles un jornal de 4 y medio reales por el trabajo perdido; se alquilan casas cerca de La Ranchería y frente al Fuerte, donde se inician las excavaciones de las minas; se reclutan los voluntarios para el “ejército invisible” por un sistema de células: cada conjurado reúne a cinco, y éstos a otros cinco. Era necesario trabajar así porque Beresford contaba con delatores.
Bajo la nariz de Beresford – dirá Ferns – se organizan guerrillas urbanas, valiéndose de las disposiciones de las casas de Buenos Aires, con sus azoteas y calles rectas, para hacer de cada una de ellas una fortaleza”. A las reuniones con Álzaga y Sentenach concurren Juan Martín de Pueyrredón y Santiago Liniers. El primero, joven de fortuna y resuelto, se había ido a Montevideo después de la toma de Buenos Aires a hablar con Ruiz Huidobro, quien le aconsejó “formar guerrillas” con los peones y vecinos de su quinta en San Isidro: lo había empezado a hacer, independientes de las reunidas en Perdriel. Estos gauchos sin uniforme, sin armas de fuego, sin instrucción, pero decididos y valerosos, serán los “húsares de Pueyrredón”.

Liniers.
El otro acaba de llegar de Ensenada, donde era comandante del fuerte. Era un francés de 53 años (“¡algo tarde para desposarse con la gloria!” comenta Groussac) que tenía el grado de capitán de navío, y tras una existencia azarosa estaba anclado en el río de la Plata.

Santiago Liniers y Bremond había nacido en Niort, en la Vendée, en 1753. Hizo sus estudios en Malta, donde fue caballero de su “Orden Soberana”. En 1775 se incorporó a la flota española en guerra contra los argelinos, que después de una infausta acción formarán el grueso traído por Cevallos al Río de la Plata. Con Cevallos llegó Liniers a América, y combatió en Santa Catalina y Colonia. Después volverá a Europa: incorporado definitivamente a la marina española toma parte en la guerra contra los ingleses de 1781, y su comportamiento en la toma de Mahon le vale el ascenso a teniente; en 1788 es destinado nuevamente al Río de la Plata, de donde no saldrá más. Se casa en segundas nupcias con la hija del acaudalado comerciante Martín de Sarratea, gerente de la Compañía de Filipinas, y vegeta oscuramente en el servicio activo como comandante de la flotilla del río. Durante un breve intervalo será gobernador de Misiones (1802-1804), luego vuelve a la escuadrilla fluvial. Sobremonte lo acababa de hacer jefe del fortín de Ensenada.

Fuera de unos tiros intercambiados en Ensenada al anochecer del 24, no había luchado contra los invasores. Quedó traspapelado en su fortín, mientras Beresford ocupaba Buenos Aires. La capitulación no le comprende (porque no es español ni nacido en la tierra) y gestiona de la influyente Anita Perichon, la mujer de O’Gormann, un pasaporte para venir a Buenos Aires “a ver a su familia”. Está en Buenos Aires la noche del viernes 29, dos días después de la rendición. Según dirá luego, no tuvo intenciones de conspirar, hasta que una situación de carácter religioso lo decidió.

El domingo 1 de julio ha ido, como todas las fiestas de guardar, a la misa mayor de Santo Domingo. Era devoto, como buen vendeano, de la Virgen del Rosario. Con pesadumbre no ve expuesto al Santísimo Sacramento y atribulado oye cantar la misa sin manifiesto Supone esa “frialdad y decadencia” por la toma de la ciudad, y hace voto a la Virgen del Rosario de cooperar a su rescate.

Se pone en contacto con Álzaga y participa de sus planes. Se le encomienda ir a Montevideo a informar los trabajos y cooperar con Ruiz Huidobro. Al anochecer del lunes 9 toma un lanchón en el Tigre y por los riachos del delta (el camino obligado para no topar con ingleses) llega a Colonia. El 16 está en Montevideo; la “junta de guerra” reunida por Huidobro había resuelto el 11 de julio poner la mayor parte de las fuerzas veteranas en Colonia para cruzar a la banda occidental; Montevideo no corría peligro por lo exiguo de los invasores que apenas bastaban a mantener Buenos Aires. El plan había sido tomado de acuerdo con Álzaga y Sentenach: ir con cañoneras ligeras contra los navíos ingleses, pesados y de difícil maniobra en el río, mientras fuerzas veteranas al mando de Ruiz Huidobro desembarcarían en Olivos y atacarían por tierra. Pero el 18 les cae a los montevideanos un balde de agua fría: reciben un oficio de Sobremonte, fechado el 1 en Cañada de la Cruz, que ordena mandar la tropa veterana a Cruz Alta en Córdoba, donde el virrey concentraría las fuerzas reconquistadoras. Obedecer sería el fracaso del plan; desobedecer al virrey era gravísimo. Pero Liniers está allí, y se encuentra la solución: darle 500 hombres elegidos (que el capitán de navío cree suficientes ) con sus municiones y medios de transporte a Olivos, que a su juicio bastarían para batir a los ingleses con la cooperación de lo preparado en Buenos Aires por Álzaga. Así no habría “expedición oficial”; sólo una aventura que dejaría a salvo la subordinación de Ruiz Huidobro. Se acepta con alborozo, Ruiz Huidobro el primero, contento de no agravar con el cruce del río “una enfermedad de cuatro meses” que padecía.

La expedición.
Liniers revista las tropas: 370 veteranos (250 (dragones, 50 blandengues porteños, 70 granaderos) y 250 milicianos (150 de las milicias montevideanas y 100 miñones catalanes, mandados por Bofarull). En total 620, algunos más de los pedidos.

Los miñones (también llamarlos “migueletes”) eran un cuerpo ligero aragonés. Los catalanes de Bofarull tomaron el nombre como símbolo de juventud y alegría.

Con ellos sale Liniers de Montevideo. En Colonia se le agregan una compañía de artilleros (comandante Agustini), y dos de milicias de caballería de Colonia. Ya son 900 (528 veteranos y 372 milicianos). Todavía se sumarán 73 marineros del corsario El Dromedario de Mordeille y 300 de la escuadrilla fluvial mandada por Juan Gutiérrez de la Concha que llegaron desde el delta. Mil trescientos en total; más que suficientes para hacer de chispa en el polvorín preparado por Álzaga en Buenos Aires.
El 31 de julio Liniers está en Colonia, donde también – gracias a una tremenda sudestada que inmoviliza a los buques ingleses – se encuentra la escuadrilla de lanchones y balleneras que habrían de transportarlo con los suyos.

La “sudestada’.
La gran condición de Liniers, quizá su sola virtud profesional, era ser un práctico del río: dieciocho años llevaba navegándolo y conocía todos sus canales, bancos, corrientes y tormentas. Popham era un excelente marino y los ingleses a su mando los mejores marineros del mundo; pero Liniers demostró ser un baqueano del Plata que era lo que importaba en ese momento. Poco antes de llegar a Colonia ha empezado a soplar viento sudeste, y Liniers sabe lo que es una sudestada de invierno en el río: un temporal de varios días, viento que sopla con furia contra la corriente, olas que rompen. Popham habría navegado todos los mares, y tomado o corrido tormentas mayores; pero en ninguna parte encontrado la pertinacia de la sudestada rioplatense que no puede navegar ningún profano del río por buen marino que fuese. Mientras soplase el sudeste, el inglés no osaría levar anclas. Popham, sabedor – ¡y cuándo no! – de los planes de la junta de guerra montevideana, había bloqueado Colonia para no dejar salir un balandro. Liniers esperó que la sudestada llegase al máximo (lo que ocurrió a los cinco días) para filtrarse impunemente la noche del 3 de agosto entre los anclados navíos del comodoro inglés.

En Buenos Aires. Perdriel (1 de agosto).
Mientras tanto Sentenach v los suyos cavan las minas, que no hubo necesidad de usar porque las cosas se precipitaron, y Álzaga adiestra el “ejército invisible” en la impunidad de las casas alquiladas a ese objeto. Beresford es informado por un comisario de apellido González, de las reuniones de Perdriel, donde habían sido llevadas las armas que estaban en casa de Incháurregui. Manda una columna a desbaratarlas e incautarse del armamento. Una pequeña parte (apenas ochenta y tres) hacen frente con coraje; los acompaña Pueyrredón con sus “húsares”, venido gallardamente de San Isidro al oír los primeros tiros. Aunque el triunfo corresponde en definitiva a la columna inglesa, ésta tendrá 20 muertos y 10 heridos, contra 3 muertos y 4 heridos de los vencidos, lo que era un precio excesivo para apoderarse de unos cañoncitos y fusiles y hacer cinco prisioneros.

Pueyrredón se embarca en el Tigre, y encuentra a Liniers en Colonia. Este lo devolvió a la banda occidental encargándole que reuniese los dispersos de Perdriel y preparase el alojamiento y aprovisionamiento de los libertadores.

La Reconquista.
La sudestada llegó a su máximo la tarde del 3. Liniers orden6 el embarque: la tormenta era tan fuerte que cinco lanchas cañoneras se fueron a pique. Los navíos ingleses están anclados impotentes, frente a Colonia; la flotilla se cuela entre ellos sin que la tormenta los dejase percibir; hubo uno que extraviado el rumbo, y temeroso del oleaje, ancló en la oscuridad cerca de la isla San Gabriel y al salir la luna se encontró a metros de una fragata enemiga. Liniers sabe por dónde tomar y cómo conducir: hace lentamente el cruce la noche del 3 y el día y la noche del 4. La furia de las olas no permitirá el desembarco en Olivos como se había convenido, y debe internarse en el Luján para tomar tierra en el riacho Las Conchas a la altura de Tigre. Es la madrugada del 5. De allí va a San Isidro, donde acampa por la tarde entre las aclamaciones del pueblo. La tormenta sigue con violencia y por lo tanto no puede esperar el bombardeo de las cañoneras que debieron quedar en Colonia (cinco se habían ido a pique). Los dos días siguientes los pasa Liniers inmovilizado; se le incorporan los dispersos de Perdriel, los húsares de Pueyrredón y muchos voluntarios. El 8 reanuda la marcha; la tarde del 9 está en la Chacarita de los Colegiales; el 10 en los corrales de Miserere; de allí manda a su ayudante, Hilarión de la Quintana, con una intimación a Beresford.
El general inglés al saber el desembarco ha reunido al consejo de sus oficiales. Propone salir al campo a batir a Liniers, donde la superioridad de sus fuerzas y armas le daban ventaja, pero la tormenta dificultaría llevar los cañones y el plan se desechó. Sólo quedaba resistir en la ciudad, donde las posibilidades estaban de parte de los nativos. Se resuelve que 200 hombres cuiden el “parque” en Retiro, 300 cubran la plaza Mayor, se erice de cañones la Recoba Vieja, la Nueva (calle Hipólito Yrigoyen) y los portales del Cabildo. Si eran desalojados harían resistencia en la Fortaleza. Era un plan desesperado, pero el único posible.

Hilarión de la Quintana llega el 10 a las 11 de la mañana al Fuerte con la intimación a Beresford “que debería contestar dentro de quince minutos”. Como el general inglés no pudo atenderlo en ese plazo, Quintana se retiró sin entregar la intimación. Pero Liniers lo hizo volver a las 4 de la tarde: entregó la intimación y Beresford respondió “que resistiría mientras se lo aconsejase la prudencia”.

Ya Liniers tenía más de 3.000 hombres; entre ellos los reunidos por Álzaga que eran 600, perfectamente armados. Han llegado gentes de las orillas, a caballo o a pie, armados de viejos trabucos o de chuzas improvisadas; hasta niños, destinados a servicios auxiliares (con ellos Juan Manuel de Rosas, de 13 años, enviado a servir un cañón). Con ese ejército va al Retiro donde está el “parque” con armas y municiones; es una marcha difícil por caminos imposibilitados por la lluvia, pero los orilleros – hombres y mujeres – ayudaron a empujar los cañones. Al llegar al Retiro al anochecer del 10, los miñones de Bofarull cargaron entusiasmados a la bayoneta “a paso de carrera” y desalojan los 200 ingleses.
El 11 prepara Liniers la jornada decisiva. Monta los cañones y dispone la defensa contra la escuadra enemiga, hasta ese momento inmovilizada frente a Colonia, pero que podía llegar apenas el sudeste amainara. Una compañía del Fijo, donde está el joven salteño Martín Miguel de Güemes, futuro caudillo de su provincia, toma una cañonera inglesa varada en el río.

EI primitivo plan de atacar con cañoneras al Fuerte no pudo cumplirse debido a que la tormenta y el fuerte oleaje dificultaban las maniobras.

Se fija el mediodía del 12 para el ataque a la plaza Mayor. La columna de la izquierda al mando de Liniers entraría por la calle San Martín (desde entonces llamada de la Reconquista), la del centro mandada por Gutiérrez de la Concha por Santísima Trinidad (la actual San Martín), en la derecha, por la calle “del Correo” o San Pedro (Florida) iría el grueso con el coronel de dragones Agustín de Pinedo, que se dividiría en fracciones al llegar a la calle de las Torres (Rivadavia) y atacaría la plaza por las bocacalles del oeste. Un incidente precipita la operación: los arriesgados miñones se adelantan a observar por la calle de la Santísima Trinidad y se trenzan con una partida de ingleses. Piden ayuda y van los hombres de Sentenach; vienen a su vez más ingleses en socorro de los suyos. Un momento después se está en plena batalla. Por cinco calles (25 de Mayo, Reconquista, San Martín, Rivadavia e Hipólito Irigoyen) la plaza es atacada simultáneamente por Liniers, mientras el ejército “invisible” establece cantones en las casas alquiladas junto a la Ranchería y frente a la Fortaleza. Los primeros ingleses en ceder serán los del pórtico de la Catedral; los seguirán los de la Recoba Nueva. Desde el arco central de la Recoba Vieja, donde ha tomado posiciones el 71º, Beresford, espada en mano y en cabeza, dirige el combate. Liniers llega por Reconquista atravesado el uniforme por tres balazos; a su lado cae su ayudante, Fantín. Una multitud vociferante y desordenada llena la plaza: ¿tres mil'? ¿tres mil quinientos‘? No se sabrá con precisión; hay uniformados, milicianos sin uniforme, gentes de pueblo, mujeres, niños; muchos desarmados, otros con fusiles que no se sabe dónde encontraron. Algunos, que no pierden la disciplina en el tumulto, emplazan cañones; los más se lanzan a la carrera contra la Recoba Vieja para caer por los tiros de los ingleses. Si consiguen alcanzar algún invasor lo despenan con las manos.

Aquí ocurre el episodio de Manuela Pedraza, “la tucumanesa” (así la llama Liniers), mujer de un cabo de asamblea: entró a la plaza con su marido, mató con sus manos al primer inglés que tuvo al alcance, y apoderándose de su fusil siguió la lucha entre los “tiradores”. Liniers la recomendó al rey, y Carlos IV la hizo subteniente de infantería con uso de uniforme y goce de sueldo.

Beresford, que se ve tiroteado de todas partes, ordena el repliegue con el clásico gesto de cruzar la espada sobre el brazo izquierdo. Los sobrevivientes del 71º entran a la Fortaleza; el último en hacerlo será el gallardo brigadier, levantándose enseguida el puente levadizo. La muchedumbre se aglomera contra las murallas; los sirvientes de cañones y obuses los emplazan en la Recoba Vieja, y los artilleros disparan; los corsarios de Mordeille traen escalas que apoyan en la muralla para tomar el edificio al abordaje. En lo alto del mástil se iza una bandera de parlamento, pero pocos entienden su significado. Liniers – que está junto al Cabildo – destaca a Quintana a hablar con Beresford; el edecán debe abrirse camino entre la multitud con la bandera blanca en la mano y un soldado que toca el tambor. Se baja el puente levadizo para que entre el parlamentario; la muchedumbre intenta precipitarse por él, costando esfuerzos – y tiros – contenerla. Beresford propone retirarse con la tropa a los buques; pero Quintana exige la rendición “a discreción” que el inglés no tiene más remedio que aceptar: irá con Quintana a disponer con Liniers la salida de la tropa. Como los disparos de obuses siguen, y algunos corsarios suben por las escalas, Quintana se asoma a la muralla a imponerse. Beresford ordena arriar la bandera inglesa e iza la española en lo alto del mástil de la Fortaleza. Una aclamación la saluda.
Sale Beresford acompañado de Quintana y Mordeille (que había
subido por una escala) : “¡Pena de la vida al que insulte al general inglés!”. La multitud le abre camino; una tensa expectación ha sucedido al griterío. Beresford, descubierta la cabeza y sin espada (la ha entregado a Mordeille), llega ante Liniers que lo espera bajo un arco del cabildo. El Reconquistador se adelanta y abraza al brigadier enemigo; en francés lo felicita por su valerosa defensa; también le devuelve la espada. Le dice que los ingleses debido a su valentía saldrán del Fuerte “con todos los honores” yendo a depositar las armas frente al cabildo. Beresford quedará prisionero para ser canjeado por el virrey del Perú, a quien se supone en poder de los ingleses; los oficiales y la tropa, hasta nueva disposición, estarían en libertad bajo palabra. Vuelve Beresford a la Fortaleza, y sale con los oficiales, los sobrevivientes del 71º y el batallón Santa Helena con sus banderas y guiones desplegados y al compás de los redobles de sus tambores. Pasan entre una doble calle silenciosa y dejan las banderas y las armas a los pies de Liniers.
En la plaza hay tendidos cuatrocientos ingleses entre muertos y heridos, y un número aproximado o superior de criollos. Son las tres de la tarde del 12 de agosto de 1806

4 comentarios:

Ser Guiston Churchil dijo...

Ojalá hubieran ganado los ingleses así no tendriamos que aguantar opiniones tan boludas como la de este blog de fachos que juegan a los soldaditos. Pedazo de pelotudos, gente grande! dejense de joder

Carlos A. Pereyra Mele dijo...

Es evidente que el anonimato, es la herramienta de los Cobardes e ingnorantes, que no saben nada de nada.
Pero ademas ponerse el nombresito del super Churchil, nos da la Idea de que tipo de persona es este ser guiston, seguramente si las tropas de su majestad hubieran triunfado el papel de este habria sido el de los cipayos colaboracionistas como ocurrio en la India. Ademas si hubieran triunfado seguramente tambien le habria tocado el papel que les toco a los negros en sudafrica "o sea los apartados" porque no creo que tengas sangre anglosajonas en las venas para pertenecer a los priviligiados del imperio.
Es increible como les duele a los enanos fascistas y serviles al imperio que se publiquen cosas que les duele de verdad como ser derrotados por un Pueblo en Armas.

Gustavo P. Forgione dijo...

Señor Pereyra Mele:
Me llamó la atención la similitud del texto presentado con la firma del señor Eduardo di Pascuale con el publicado por Miguel Ángel Scena en "Las Brevas Maduras" 1804-1810, una serie de libros dirigidos por Félix Luna de la Academia Nacional de la Historia.
No obstante ello, fue un gusto leer esas líneas (¿nuevamente?).
Lo felicito por el espacio.
Atentos saludos.
Gustavo P. Forgione

hayliesimpson dijo...

Volviendo al tiempo condicional en que su argumento se apoya, le recuerdo que el pasado que nunca fue, dificilmente podra ser juzgado. Lo unico que si puedo afirmarle es que quien se apoya en tanta prosapia linguista como usted a mencionado antes, entre cipayos e indios, es meramente una fachada hipocrita y boluda, ya que nos estamos refiriendo a un simple castreti o cangrejo rosarino... como a usted le guste señor esteve. Es una lastima que un medio tan transparente y relevante como este sea pisoteado por alguien que no da la cara ni su documento de identidad.